Locadelamaceta descalza en California

la bitácora de Miranda Hooker

En compañía Feb18

Archivado en: cambios, comunidad, que vida esta — mirandahooker @ 18:15

Ustedes me han acompañado en este proceso de cambio de residencia con sus palabras cálidas y solidarias. Ha sido arduo, lectores; tan cansado como satisfactorio. La parte más incómoda – vivir en una casa temporal, con la vida en cajas, el aislamiento, que las niñas estén sin escuela- al fin, quedó atrás. Ahora se trata de ser y de estar, en influencia constante, de mí para este lugar y de este lugar para mí. He de aplicar para un trabajo y escribir el siguiente libro.

 

Y digo que su compañía ha sido valiosísima para mí porque han visto lo que yo no veo, escucharon lo que se me escapa, cuentan lo que está entre líneas, han reconocido lo que no alcanzo a nombrar. Yo, que guardé mi reloj, mi calendario y las etiquetas que solían adherirse a mi piel, sólo me dediqué a cumplir con una lista diaria de tareas pendientes. Ustedes me han señalado mi fuerza física, mi dedicación, mi valentía; sin grandilocuencias, de un modo sencillo. Palabras, como bendiciones, que se quedan en el corazón.

 

Quisiera que pudieran acompañarme, de la mano, en multitud, a cumplir el último asunto de mi lista de pendientes:  ir a presentarme con mis vecinos. No en vano me dedico a escribir y llevo algunos años estudiando mi ansiedad social. La expectativa ajena de que me apersone en las seis casas circundantes con una tarjeta y una canasta de panquecitos, me da un retortijón. He pensado en la opción de colgar una manta amigable para saludarlos de lejos, o llevar un pizarrón como Beethoven, para intercambiar expresiones escritas y hasta emoticones. Por más que sea hora de poner en práctica todas mis creencias humanistas sobre el prójimo, sólo alcanzo a sentir culpa de asomar la nariz por la persiana, esperando encontrarme a nadie.

 

Su punto de vista es altamente apreciado en estos momentos.

 

Pd. Pronto, pronto, mejoras en la terca tipografía minimalista y más ejercicios en “Letras para todos”. Gracias por su paciencia. No dejen de visitar el Korova, leche hecha de bloggers con tema semanal.

 

De hermandades y grillos Feb19

Archivado en: bitácora, musica — mirandahooker @ 19:44
 

Recién me convencí de que los miembros de la Real Academia de la Lengua han de ser hijos únicos, porque su definición de hermandad, como sinónimo de convivencia entrañable y pacífica, es linda pero imprecisa: la hermandad también implica cierta dosis de emisiones políticamente incorrectas como ira, celos, envidia, exasperación, burla, desdén y/o malicia.

 

 Y me convencí, todavía más, de mi ingenuidad, cuando creí que mis hijas tolerarían las 5 semanas de encierro sin que su relación se viera afectada. Ellas se aman, no me cabe duda. Sólo que, y sin mencionar nombres, el hazte para allá-es mío-yo primero-no me hables así, se empezó a convertir en el sándwich mutuo de cada día.

 

Yo, que no estaba acostumbrada a esos jaloneos retóricos a punto de materializarse en el pleito de mercado, entré a google para ilustrarme. Hay mucha información, de todo tipo de fuentes y de orígenes psicológicos surtidos. Sí, sí, encontré los tiempos fuera y la aromaterapia. Buscaba algo, digamos, más contundente. Y, gracias al cosmos, lo hallé en el fondo de mi maleta: el último objeto que tomé antes de salir de mi casa de México. Un disco de Crí-Crí.

 

Es cierto que las canciones de Gabilondo Soler son compañeras de infancia y por ello, pueden tener un efecto sedante; el Chorrito, la Patita, el Ratón Vaquero, Caminito de la Escuela y la Muñeca Fea recuerdan al kinder en el día de la Madre y a las abuelitas antes de dormir. También existen los lados B del Gallito Cantor, las canciones que casi nadie conoce, como la Gatita Tutú, el Solfeo de los Patos y el Barquito de Nuez, que llaman la atención por su estilo inconfundible. A mí, personalmente, las que más me gustan son las de Cri Crí sociólogo, que retratan la lucha de clases o los rincones urbanos, como el Gato de barrio o el Jicote Aguamielero.

 

Ninguna canción como El Comal y la Olla, esa que con tonadilla revolucionaria narra cómo una olla hirviendo de frijoles mira por encima de su agarradera a un comal de barro y se arman los dimes y diretes. Que no se arrime, que le tizna la elegancia, que si ya está vieja, que si vino de una plaza, percudido, que si es pelado y majadero, que si se siente galán de la pantalla, que no soy recargadera, que lo agarro y los hago pedazos.

 

Se las puse en el coche mientras íbamos al supermercado. Hice las similitudes correspondientes y… santo remedio. Tuve tanto éxito que ahora mis hijas hacen representaciones músico-teatrales para sus familiares, en la cámara de la computadora. Alternan papeles, para que no haya problema del problema. Ahora, cuando juegan, sólo se oyen los grillos, benditos. Que se quieran, con sus matices y sub-incisos y matices; es parte de la vida. Yo aprovecharé la paz momentánea y llenaré un formulario de aplicación para la Real Academia de la Lengua. Quiero averiguar si es cierto que son hijos únicos y de paso, ponerles a escuchar la Jota de la Jota. Ingenua.

  

 

Migrar y vivir descalza Feb00

Archivado en: casa, escritura, jardin, significados — mirandahooker @ 00:52

No sé si sea motivo de orgullo y estabilidad, o de visión estrecha y sedentarismo haber vivido durante tres décadas en el mismo radio geográfico con la noción de mundo entendida como un kilómetro cuadrado y sus fronteras. Es decir, dígitos más o menos, siempre tuve un código postal similar. 

En cada comunidad, alguien debe migrar porque el alma tiene latitudes que no están escritas. O que quizás, siempre estuvieron escritas y no fueron descifradas, vayan a saber. Yo, que soy signo de viento, decidí seguirme. Mañana será la primera vez que me mude a una casa que no está cerca de la de mi abuela, ni la de mis padres, ni a la Comercial Mexicana ni a cualquier orilla a la que pueda sostenerme como suele hacerse al aprender a nadar. Un código postal listo para estrenarse.

 Mi futura casa es de un solo piso, rodeada de jardín, con un naranjo al frente, donde habitó una familia que creció, hasta que los padres envejecieron, la madre quedó viuda y finalmente, tuvo que dejar su hogar de toda la vida. Para que la señora pudiera reenfocar la pérdida, los hijos le ofrecieron remodelar la casa hasta transformarla en otra, rentarla y darle, a su madre, la posibilidad de vivir de su renta. La anciana aceptó. Nos eligió, entre varios solicitantes, para que la estrenáramos; dijo que era una corazonada. Y le puso techo a nuestro rumbo. 

Antes de firmar el contrato, nos insistió en un requisito fundamental para habitar la casa: en aras de que la alfombra durara en condiciones impecables, nos solicitaba permanecer sin zapatos en el interior. Aceptamos, firmando con lo bueno, lo bello y lo verdadero que resulta de encontrar el hábitat natural. Es una casa para vivir descalzos, con todos sus símbolos.

 El viento trae aires de renovación necesaria y hasta acá, los juicios se oyen lejos, casi imperceptibles. Mis letras provendrán ahora desde esa geografía que es la ya conocida, pero con rostro de bien raíz y con las uñas de los pies pintadas de verde bruja, tamborileando sobre la alfombra y si el clima lo permite, el pasto. Escrito como estaba escrito, sin evaluaciones sobre quedarse o moverse, joven o vieja, a donde vaya el alma. 

En memoria de los adolescentes muertos en Ciudad Juárez.

 

El tercer hemisferio Ene06

Archivado en: bitácora, cambios — mirandahooker @ 06:39
Anoche caí rendida, como las últimas 18 noches. Yo creo que se me está formando un tercer hemisferio en la cabeza, a fuerza de ir y venir entre el lenguaje, la lógica y la creatividad.

 

(más…)

 

Martes de rabieta Ene06

Archivado en: Miranda Korova — mirandahooker @ 06:18
No tiene razón de ser en el universo y casi me da un síncope.
 
 
¿De qué hablas, Miranda? De una rabieta. Vayan al Korova.
 

Rey y reina de corazones Ene06

Archivado en: bitácora, casa — mirandahooker @ 06:56

Pasada la Revolución Francesa, el tamaño absolutista despótico de las camas king size es cuestionable. Quizás sean el equivalente a la pradera del descanso y a alguien les parezca sinónimo de lujo. No a la hora de doblar las sábanas.

 
Como actividad doméstica en equipo, Bilbeny y yo nos avocamos a plegar las sábanas de la cama de nuestra casa temporal, un paracaídas de 300 hilos. Él se acordaba de cuando su abuelita lo ponía a ayudarle y decidió recrear la teoría, argumentándola infalible. Mi función era sostener y callar. Pero descubrí que tengo débil la falange y falangina de los pulgares y la novedad del autoconocimiento me dio risa boba, que derivó en regaño porque solté la sábana. Fui fulminada con la mirada. Si, vidita, va de nuevo. Avanzamos en el segundo intento gracias a la memoria de mi marido y a mi compromiso moral con mantenerme imperturbable. La sábana lisa salió airosa, doblada en ocho, decente pero sin precisión simétrica. Repetimos el procedimiento con el cubre colchón de resortes impetuosos como la toma de la Bastilla. No se dejaba. Aplicamos la artillería pesada que consistía en usar la papada a manera de gozne, colocando la tela tres veces plegada entre la barbilla y la clavícula. Ahora quien soltó la sábana fue mi bienamado esposo, debilitado por el chascarrillo práctico-metafórico alrededor de mi notoria papada. A las mil, terminamos; contemplamos nuestra obra que, dicho en francés,  quedó chafísima.
 
No me sorprende. Hasta los Ilustrados sabían que las sábanas son, esencialmente, para destenderlas. Oh, la la.
 

De Edipo, música y reciprocidad. Ene19

Archivado en: bitácora, musica — mirandahooker @ 19:04
 

Es la primera vez que confieso, al público lector, al ciberespacio y a los transeúntes, que mi Edipo creció dividido en cinco. La tajada principal le correspondió a mi papá; el resto del pastel, a mis tíos maternos. Es el resultado natural de habitar casi toda mi infancia en casa de mis abuelos y de que ellos me llevaran 18, 16, 13 y 10 años de distancia.

 

Cuenta la leyenda que a los 2 meses de nacida me dieron a probar los Cazares y que me aventaban de cama en cama, como pelota. No me extrañaría que fuera verdad, me acuerdo vagamente. Me bastaba con que existieran y desde ahí, adorarlos. A través de ellos conocí la música y el derecho a seguir mi propio camino. Supongo que no estaban conscientes de lo que me enseñaban.

 

…El mayor, en la cocina de su casa, puso “Another brick in the wall” de Pink Floyd. Yo, que soy y fui pro academia, no entendía por qué los maestros debían dejar a los niños en paz. Cuando entendí, sonreí con la boca llena de avena. Esa misma canción sonó en la radio una noche que me quedé sola en un hotel, sin mi hermano, mientras mis padres iban a una cena. Desde abajo de las sábanas, el coro de niños de educación industrializada me vacunó contra el miedo a la oscuridad.

 

… El filósofo compartía su banco del piano para que cantáramos “All you need is love”. Yo debía hacer la voz que decía, al principio amor, amor, amor en canon con el recitado de John, que le correspondía a él. Pero nunca me salió, porque siempre fui descoordinada y porque me distraía sintiendo bonito de estar -potencialmente- entonando bellas melodías. No recuerdo una sola crítica o desesperación suya por no dar una. El gozo espontáneo de compartir el momento era mutuo y superior a cualquier limitación. De eso, básicamente, ser trata creer en el otro. O sea, el amor.

 

…. el padrino era serio, adusto y firme. Compartía poco y con reservas. Un agosto, de la nada, me mostró un cuaderno de poemas que él había escrito. Yo podía escuchar su corazón retumbando en las paredes, como una canción tribal. Los poemas eran realmente buenos y cuando encontré sus ojos, reconocí mi reserva, él encontró sus letras. Aprendí qué bello es el silencio de saber qué, quién, dónde y cómo.

 

…. el matemático me explicó quién era The Police y las aportaciones de Descartes con idéntica facilidad. Cuando se fue a vivir a Inglaterra, en medio de la bruma y la soledad, me pidió que le enviara un cassette grabado con las canciones de rock en español y cumbias que tenía en su estudio. Pero yo recién había descubierto a Depeche Mode, a U2 y a Roxette. Le grabé tres minutos de No voy en tren, voy en avión y los 87 restantes de mis gustos adolescentes. Apenas mencionó el incidente por carta, aunque era para matarme.  

 

El derecho a elegir mi propio camino me llevó a descubrir que, en dos de los casos, la adoración no era mutua sino producto de la circunstancia. El mayor ha construido su muro personal, demostrando que le causo una notoria repelencia, y el padrino abandonó el vínculo, dejando claro que no pertenezco a su tribu. El dolor de asumirlo fue similar a sacarme los ojos. 

 

Para mi enorme bendición, el matemático tiene un corazón infinito. Tengo un lugar en él, a pesar de la distancia, el tiempo y mi inmadurez. El filósofo es protagonista innegable de este blog, autor de la pintura en la portada de mi libro y alguien que ha abierto a machetazos una ruta de convergente de fé. 

 

Armonizar en vez de adorar. Lejos de las tragedias, más cerca de la reciprocidad.

 

El apagón Ene05

Archivado en: aprendizaje, maternidad — mirandahooker @ 05:32

A lo largo de mi vida como madre, he recibido múltiples e ingeniosas interrupciones en sueños. No me sorprendió, por lo tanto, que Victoria Luminosa se apersonara junto a mi almohada y me susurrara no sé qué. Yo, en automático, le respondí con el kit de la bi-solución: tomar agua de mi buró y rezarle al Angel de la Guarda. No, no, mamá, esto es diferente. Me incorporé. Mira, se fue la luz.

 
Decir que la luz se había ido era impreciso. Era como si todos los fotones de mi código postal se hubieran puesto en huelga. Nada se veía, estábamos dentro de la negritud más recóndita. Llovía a cántaros con cubetadas de granizo. El viento rebotaba en las ventanas y por la falta de calefacción se sentía un chiflón impertinente en la espalda. Apenas alumbrados por la luz del teléfono celular, recordando que nuestras velas se habían ido en la mudanza, optamos por acurrucarnos los cuatro en la misma cama y esperar. 
 
Amaneció poco y mal, en todos los tonos de gris. Mi esposo fue el valiente que salió del edredón y, armado de un paraguas de alcance individual, partió en medio del aguacero. Yo caí en la cuenta de que no tenía estufa, ni teléfono, ni internet, ni agua caliente. A mi intuición no le gustó ese panorama. No se requería una filosa intuición para darse cuenta de que estaba desprotegida. Mi mente hizo de las suyas y empecé a recordar las inundaciones en Nueva Orleans, con el Huracán Katrina. Y por la rendija de la puerta, entró la angustia.
 
El apagón duró 18 horas. En ese lapso pasé de la alerta a la melancolía al mal humor y luego reparé en que no me había tomado mi invaluable taza de café matutino. Leí, recargada en la ventana, todo el instructivo para mi examen de manejo, seis capítulos de un libro que me prestó Chanfle II y tejí hasta que empecé a hacer bizco. Comimos atún, pan con nutella, leche y fruta. Nos quedamos con hambre. Las niñas, en el inter, jugaron a todas las profesiones inventadas, desde maestras de ballet hasta componedoras de tuberías en el espacio, incorporando a sus amigas imaginarias Esqueleta y María Sofía. Me sorprendieron con su resilencia y voluntad de encontrarle lo bueno a la situación. Yo no me sentía tan convencida de ello. Pensé en Haití. Me sentí tonta y vanal, en mi mañana de charcos, penumbra y silencio.
 
Cuando volvió la luz, casi sentí el alivio correspondiente. Ví, en la oscuridad, cómo se siente, por un segundo, no estar a salvo. Mis pupilas de madre ya no son las mismas. Quiero dormir con los ojos abiertos.
 

Guardar un siglo de silencio Ene06

Archivado en: comunidad, historia — mirandahooker @ 06:18

No tengo mi diccionario a la mano. Está en una bodega, o en la frontera, o en alguna carrertera interestatal. Opté por Wikipedia, anteponiendo la practicidad al escepticismo y busqué “lo real maravilloso”. Que bien podría quedarse así, entre comillas, pero no. Es un término literario para cómo se narra el asombro ante lo inusual. Porque un asunto es vivir un fenómeno improbable o inesperado y otro, relatarlo.

 

Yo supe de lo real maravilloso a través de la novela “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier. Es una obra clásica, precursora del género, que se lee de cajón en las clases de Literatura Latinoamericana. Un libro delgadito, que en mi edición tenía a Ti Noel, con su piel negra brillante y sus ojos que miraban más allá de la solapa. Le tomé cariño al libro porque en esa época universitaria vivía yo, básicamente, en lo más cercano a la miseria emocional. Fueron semestres de violencia, hostilidad, sequía, no sé ni con quién ni contra quién; un mal año, una crisis que se hizo hábito, post adolescencia. Y el texto de Alejo Carpentier, junto a mí,  subrayado cien veces, porque consuela leer sobre revoluciones cuando uno está jodido. Porque trataba sobre la Revolución Haitiana, que en su contexto, fue alucinante.  Y dado que Haití se independizó primero que yo, reconfigurando lo improbable,  sólo por eso, llevé a ese país en mi corazón, que también estaba hecho de absurdos.

 

Una isla del Caribe no volverá a ser la fuente primera de lo real maravilloso.  Habrá que elegir muy bien las palabras para relatar cuánto se ha perdido. No alcanzaría el asombro; apenas, guardando un siglo de siencio. Rezo porque haya pan cada día para cada familia, pronto. Porque llegue la ayuda internacional efectiva.  Porque los Ti Noeles que sobrevivieron encuentren el consuelo que  no hay en su tierra.  Todas las plegarias de solidaridad y acompañamiento para nuestros hermanos.  Haití, duele Haití.  

 

De cuentos, belleza y jergas Ene18

Archivado en: aprendizaje, que vida esta — mirandahooker @ 18:55

El post de hoy a) no tiene acentos ni la letra que le sigue a la “n” en el castellano y b) iba a tratarse de como, estoy segura, los Hermanos Grimm fueron resucitados para ocuparse de la planeacion urbana y del paisaje de este lugar, donde esta el departamento a donde llegamos,  temporalmente,  cerca de la Universidad de Stanford.

 

Hay unas casas por aqui, tan hermosas con su techo de dos aguas, arbol frondoso, jardin de rosas trepadoras, buzon negro con banderita roja y fuente con pajaritos que pian con trinos barrocos, que yo no se si es ilustracion de cuento o su version incredula: puro cuento. Una belleza absurda e impecable pero tambien inerte: le hace falta un poco de narrativa imperfecta.

 

Iba, justamente, a ahondar en ese tema pero igual que Caperucita, tome un atajo y me acorde que habia una vez, hace mucho tiempo, una diligente ama de casa tropezadora que, un dia, quiso llevarle el desayuno a su esposo, en la cama.  Se aproximo a la escalera portando la charola y,  con sumo cuidado, como le habia advertido su abuelita, subio uno por uno, los escalones. Oh, chancla fatidica que se atoro en una de las esquinas e hizo que la charola volara por los aires y que, sobre la pared, se proyectaran todas y cada una de las moleculas hechas gota del vaso gigante de leche con chocolate. La diligente ama de casa tuvo que limpiar y limpiar y limpiar. Nunca antes, ni en el Pais de los Cuentos ni en la Ciudad de Mexico se habia visto semejante batidillo chocolatoso. Ya aprenderan las futuras generaciones, rezo la leyenda.

 

Una maniana soleada, que podria ser hoy, la diligente ama de casa (que tiene la identidad secreta de Miranda Hooker) se disponia a bloggear cuando, para poner su alma en paz, decidio darle una ultima pasada al mostrador de la cocina. Un ruido raro sono en el triturador de basura del fregadero: era un limon terco que se negaba a fluir y obstruia el paso del desague. La diligente y sagaz Miranda ama de casa, armada de una poderosa bomba hecha de hule de 35 cm de diametro y un simbolico palo de madera, succiono para persuadir al limon. Y vencio.

 

Miranda, que heredo ese impulso tenaz de repetir los actos atinados, para que amarren, succiono de nuevo. Del orificio del segundo fregadero salio un chorro de comida triturada, trozos de cascaras de huevo, de enfrijoladas, de arroz integral, del platano que Mini Dancing Queen desperdicio y de otras sustancias liquidas no identificadas y se desparramaron sobre ka Hooker humanidad, la pared, el refrigerador y todo el horizonte del suelo. Como si Homero Simpson y el cerdo bajo el fregadero de Los Picapiedra hubieran hecho un concurso de eructos. Como si la vida entera estuviera cantando Oaxaca, bella tierra, que Stanford ni que nada.

 

La diligente, mancillada y pestilente ama de casa limpio y limpio y limpio. No hubo hada madrina que ayudara y las presentes generaciones evitaron hacerse notar, fuera a ser que las utilizaran de mano de obra.  Nunca antes, en el Pais de los Cuentos ni en las inmediaciones californianas se habia visto semejante asquerosidad; o quizas si, debidamente disimulada bajo las pretensiones esteticas locales.  Perfeccion inerte, nada.  Arriba las jergas absorbentes.