Ustedes me han acompañado en este proceso de cambio de residencia con sus palabras cálidas y solidarias. Ha sido arduo, lectores; tan cansado como satisfactorio. La parte más incómoda – vivir en una casa temporal, con la vida en cajas, el aislamiento, que las niñas estén sin escuela- al fin, quedó atrás. Ahora se trata de ser y de estar, en influencia constante, de mí para este lugar y de este lugar para mí. He de aplicar para un trabajo y escribir el siguiente libro.
Y digo que su compañía ha sido valiosísima para mí porque han visto lo que yo no veo, escucharon lo que se me escapa, cuentan lo que está entre líneas, han reconocido lo que no alcanzo a nombrar. Yo, que guardé mi reloj, mi calendario y las etiquetas que solían adherirse a mi piel, sólo me dediqué a cumplir con una lista diaria de tareas pendientes. Ustedes me han señalado mi fuerza física, mi dedicación, mi valentía; sin grandilocuencias, de un modo sencillo. Palabras, como bendiciones, que se quedan en el corazón.
Quisiera que pudieran acompañarme, de la mano, en multitud, a cumplir el último asunto de mi lista de pendientes: ir a presentarme con mis vecinos. No en vano me dedico a escribir y llevo algunos años estudiando mi ansiedad social. La expectativa ajena de que me apersone en las seis casas circundantes con una tarjeta y una canasta de panquecitos, me da un retortijón. He pensado en la opción de colgar una manta amigable para saludarlos de lejos, o llevar un pizarrón como Beethoven, para intercambiar expresiones escritas y hasta emoticones. Por más que sea hora de poner en práctica todas mis creencias humanistas sobre el prójimo, sólo alcanzo a sentir culpa de asomar la nariz por la persiana, esperando encontrarme a nadie.
Su punto de vista es altamente apreciado en estos momentos.
Pd. Pronto, pronto, mejoras en la terca tipografía minimalista y más ejercicios en “Letras para todos”. Gracias por su paciencia. No dejen de visitar el Korova, leche hecha de bloggers con tema semanal.