Locadelamaceta

Cultivo letras y otras plantas de interior.


Registro del registro

El despertador suena a las 6 de la mañana. Camino hasta la ventana de la estancia, que da al este. Hago una calistenia que hila tai chi, yoga y ballet pero en borrador. Cuando sale el sol, abro los ojos.

Me sirvo una taza de café con leche y tuiteo sobre él. En la siguiente hora y media emito un desayuno que balancea ocho ingredientes, cinco grupos de alimentos, un lapso de ingesta pre-adolescente; conjuro la rutina. Preparo, también, dos refrigerios que deben cumplir con un código sofisticadísimo de sabor, pertenencia y coolness y lo hago caber entre un sándwich y un contenedor.

Conduzco a mis hijas a la escuela a través de un camino de olmos, en subida. Apartamos un tiempito para que les lea en voz alta “El mundo de Sofía” o repasemos el rap de la tabla el 6 o  cantemos alguna ranchera de despecho, para el vigor cultural temprano. Cuando vuelvo a la casa, me aseo y me arreglo. La esquina del comedor es mi estudio. Si produzco en audio, traduzco o actualizo este blog, trabajo en computadora. Y mientras, en párrafos diligentes, aspiro, lavo, tiendo al sol, cocino, asecho a mi cartero.

A medio día me siento frente a la ventana que da al sur y como algo. Tomo el sol, medito un ratito. Salgo a hacer las compras o mandados que se requieran, a pesar de la poca gracia que me hace ir a las tiendas. Armo mi ruta para que siempre me conduzca a la biblioteca de la Calle 3.  Me ubico frente a un ventanal que tiene vitrales y vista a una maceta con geranios. Los personajes que me acompañan suelen ser similares cada día: el señor de las flemas, la muchachita de los leggings, el joven de la tesis, el jubilado del crucigrama, la mujer del “May I help you?” del mostrador. Escribo, a mano, durante dos horas o hasta que mi manojo de lápices pase de afilado a chato, lo que ocurra primero.

Voy por mis hijas a la escuela pública. Mini Dancing Queen sale a las 2:35 y Victoria Luminosa a las 3:10. La espera entre una y otra ocurre en la famosa unifila: una serie de camionetas abordadas por madres de clase media que insisten en demostrar su poder de compra. Tuiteo desde la unifila. Mis hijas y yo comemos y, de postre, vemos el Show de Dick Van Dyke y añado a mi lista de anhelos el don de la comedia física.

Por la tarde, lloro un poco cuando me consultan cuánto son ocho doceavos más siete novenos.  Luego insisto en que terminen ya esa tarea -porque no es tan importante, murmuro. ¡Mejor jueguen, salgan al patio! y mi cantaleta se gasta como suela de peregrino. Ellas corren hacia el oeste y yo leo. Y su tos y su dolor de caballo son mi diccionario y las notas subrayadas. A las 6 pm soy la autoridad que interrumpe el juego para argumentar, frente al juzgado chamagoso, todas las razones por las cuales es bueno, sano, necesario e imperativo bañarse.  Soy abucheada en silencio.

Mi esposo llega de trabajar. Los noventa minutos, a continuación, son de los cuatro. Nos revoloteamos, preparamos la cena, cantamos, conversamos. A las 8:30, el toque de queda envía a las hijas a la cama. En las horas que restan, mi marido y yo nos dedicamos al Diagrama de Venn: su mundo o el mío o el nuestro. Me guardo sospechando que Morfeo ya va a aparecerse, desde el norte. Tuiteo sobre Morfeo. Leo otro tanto, sueño en el lienzo del techo. Apago la luz, me pongo el antifaz, confío en la Gran Cobija, duermo.

Para la bitácora, mi ruta.


Mira mamá, ¡un post para tí!

A esta tinta le caben todas las palabras posibles. Reposa serena en su frasco esperando días como hoy.

Perdiste a tu hijo que había nacido enfermo. Al mes y aún en pleno duelo, me organizaste mi fiesta de dos años.

Me enseñaste a leer “La princesa y el guisante”, a escribir mi nombre y a rezar. Tres verbos que he ejercitado todos los días de mi vida.

Te diste cuenta, antes que nadie, que yo tenía un idilio con el color y que mi voz sería mi instrumento. De tí aprendí a mirar un cuadro, a disfrutar las cerezas en un cucurucho de papel y a medirme cuanto zapato sea necesario hasta encontrar el que me quede bien.

Me elegiste una escuela que me hizo inmensamente feliz. Me tuviste ese y todos los uniformes, prístinos. Me diste 100 pesos de premio cuando terminé los exámenes semestrales y supe de la importancia de saber descansar. Me hiciste aprender una receta nueva cada verano. Pagaste una parte de la impresión de mi libro y fuiste la primera en leerlo, completito, el día en que salió de la editorial. Y, cuando estaba en lo más profundo de una depresión, me dijiste que todo cambia.

Sin menor asomo de pánico, me sacudiste una mancha de maquillaje en mi vestido de novia, diez minutos antes de irnos a la iglesia. Me abrazaste mientras temblaba en un terremoto de mañana y luego en la réplica de la noche del día siguiente, y te mantuviste en calma a pesar de estar sola porque mi papá estaba de viaje.

Bañaste a mis hijas recién llegadas del hospital y me derretiste de la ternura. Me revisaste la ortografía de mis cuentos incipientes, cuando tenía 8 años.  Me apoyaste cuando hice la maestría embarazada, hice la tesis con Victoria Luminosa gateando y presenté el examen con aquellas náuseas infames de Mini Dancing Queen. Te echaste de todos los toboganes y montañas rusas con nosotros. Contigo aprendimos a bailar rocanrol, chachachá y a cantar las palmeras borrachas de sol. Y si declamo, fue por “Para Entonces” que me enseñaste durante un viaje en carretera. Y si me fascinan los azahares es por el verso de Rubén Darío en Margarita.

Me diste el ejemplo de una mujer emprendedora, empresaria, profesionista y pionera que también es madre y esposa. Me has permitido conocerte como mujer, con tus misterios y retos. En justa mutualidad, me dejaste invitarte un café y te conté de mí, con el alma. Hemos atravesado el espectro de las emociones, las hormonas y la vida doméstica. Y cuando te decepcioné o te mentí o fui la peor de todas, estuviste ahi, firme, queriéndome. Y cuando te iluminé con mis aciertos y progresos, tu lugar fue el mismo.

Me he ido de tí, me has dejado ir y has estado conmigo cuando mis hijas se han ido. Aunque a todas nos duela.  Me has dejado ser tu compañera, has sido la mía. Y te lo reconozco. Y te reconozco más que decidieras no leer mi blog para respetar mi búsqueda en la escritura. Eres bienvenida. Mi bitácora y mi casa están abiertas para tí, siempre.

Esta tinta sirve para escribir lo invisible y poner de manifiesto las cuatro palabras que, hoy, son todas las palabras por decir:

Gracias, mamá. Te amo.


Miranda y la alberca de hule espuma

Cuenta la leyenda que el día de mi fiesta de cumpleaños de un año tuvo lugar la escena siguiente:

Una madrina cargaba a Baby Locadelamaceta, la ponía en el suelo aprovechando que recién había aprendido a caminar y la festejada aceleraba el paso, paso, tambaleo, paso, ve nomás a esa niña, paso, paso y sin preámbulo ni temor de Dios se lanzaba, con todo su mini ser, hacia una alberca de hule espuma, blanco y fragante a poliuretano. Un tío la recibía, a salvo, dentro de la alberca y devolvía a la festejada a su madrina. Así, durante toda la fiesta hasta que el infinito tuvo un límite en el continuo espacio-tiempo y fue momento de la piñata.

Diiicen.

Porque para cuando cumplí más años y tuve edad de inventar mis hazañas independientes, las albercas de hule espuma empezaron a ser muy mal vistas (al punto de ser vetadas) y no me dejaban meter.  Al parecer, en ellas ocurrían algunos fenómenos que alertaban a la comunidad materna: el color del hule espuma  era indescriptible. Del blanco había mutado al percudido y luego al gris oxford, pero de universidad de ácaros. De igual modo ocurría con el olor a fibra industrializada que retuvo todas las pipís furtivas de la emoción, del control de esfínteres y de la flojera de ir al baño de la década. La firmeza de las tiras, otrora largas y frondosas, se desgajaba.  A lo anterior había que sumarle el riesgo de descalabro, al lanzarse cabeza primero, de caerle encima a otr@ invitadit@ y, claro, irse hasta el fondo de la alberca y quedar en el oblivion.

A lo largo de 36 años, en todos mis deseos de pestaña, de ver el arcoiris y de navidad, pedí echarme de nuevo en una alberca de hule espuma y nunca se me cumplió.  Hasta ayer.

Resulta que llevé a mis hijas a un tipo de gimnasio que se trata de unas colchonetas saltadoras donde uno deja el aliento, el equilibrio y las rodillas en botar desproporcionadamente gracias a la acción de los resortes. Ellas fueron muy felices desfogando su energía y yo me dediqué a bordar. Las alcanzaba a ver desde mi silla, pero había un área que no divisaba del todo.  Cuando fueron a tomar agua hasta donde yo estaba les pregunté qué había en esa zona más lejos. “Una alberca de hule espuma”  respondieron “¿La conoces?”

Resumiré mi experiencia:

1. Volví al gimnasio con el propósito de echarme a la alberca de mis éxitos. Las 24 horas previas fueron de shock. Como haber llegado a Camelot.

2. Me equipé con el atuendo deportivo que ameritaba la ocasión. La leyenda decía que yo era un bólido y quería estar a la altura, es decir, a la velocidad.

3. El hule espuma era nuevo, desinfectado, azul plumbago y cortado en cubos. ¡Si lo vieran las madres ochenteras! ¡Qué progreso!

4.  A manera de tip para mis lectores, si van a atravesar velozmente un tumbling háganlo saltando con los dos pies juntos. Si alternan los pies, el rebote harán que se vayan de boca. Para mi fortuna, parecía que ay, me mato y entonces sí asemejaba que había aprendido a caminar hacía unos días. Es lo bueno.

5. L@s otr@s niñ@s se aventaban como si nada, 20 veces consecutivas, como cochecitos de fricción y siren@s del mar artificial. Es decir, eran mis colegas de glorias.

6. Invertí todo mi entusiasmo en la propulsión. Para quienes me conocen, la imagen habla por sí misma. Para quienes no, lean el inciso 7.

7. No hubo tío alguno que me cachara pero sí fue necesario que el encargado del juego, Mario y mis hijas me fueran a dar la mano para sacarme de aquella alberca. Yo estaba hundida hasta las orejas.  Salí al cuarto intento, en ocho tiempos y mediante un delicadísimo trabajo en equipo.

Diiicen que segundas partes nunca fueron buenas y que hay leyendas que pertenecen a la ficción, a un mundo que ya fue. ¿Para qué insistir en representar un tiempo pasado, cuando el presente ha formado otro universo?

Por ejemplo, hay tíos que me regurgitan y madrinas que me detestan. Yo me siento más joven y ligera de lo que estoy o me perciben. ¿Para qué darme cuenta de ello? Para saber que no me hunde haberme hundido o que no me quieran.  Noto que tengo una energía a prueba de decepciones, a pesar de que mi vida ha estado marcada por periodos de tristeza y añoranza. Un dato sobre mí que descubrí mientras caía.

Dicho de otro modo: no todos los anhelos -de ser sostenidos, de repetir la fórmula de la alegría- llevan a la leyenda sino que conducen a un regalo de auto-descubrimiento y posibilidad de contar otro capítulo. Y en otro género, incluso.  ¿Qué tal un post de blog?

Pero oigan, si en el inter de la vida se topan con una alberca de hule espuma, échense. No se lo pierdan por nada del mundo.


Dos columnas

Las libretas horizontales me pierden.

Para líneas de izquierda a derecha

tengo mi cicatriz de cesárea,

el renglón-serrucho que atravesó mi útero

para hacerlo salida de emergencia.

 

Si es en renglones anchos,

veré cuánto me falta.

El “ya no” que me ha marcado,

el umbral de desesperar,

de las horas de mujeres y sus rutinas,

hartas.

 

Yo soy de cuadernos verticales,

de pergaminos y hojas, jaja, oficio,

de puentes colgantes desprendidos

que apuntan al Sur.

 

Y escribo en dos columnas,

una es tubo de estación de bomberos,

otra es pérgola y salto de altura,

con silencio, bastante,

para  callar y esconder,

sospechar, leer, sorber café.

Escurre savia por sus vértebras

que nadie sabe si es dulce o pérdida.

Una columna conduce a más columnas,

como a un bosque de ir diciendo.

 

Cien, de papel bond.

Pero yo no mido mis palabras por páginas

ni por los hijos que tengo,

es por las veces que bajo al sótano,

y me raspo con la grava,

o el lodo burócrata

no permite diccionarios de sinónimos

entre el subsuelo y el inframundo.

 

Cuento lo que escribí hoy

sin linterna ni piolet

y ya sin palabrerío

el sí de encontrarme

y anidar un rato en la tierra.

 

Les aviso: dos columnas sin horizonte.

Para eso escribo: es búsqueda y geología,

no arquitectura.

Les aviso: cuando me muera hallarán

cuadernos de rayas, vacíos.


De ver en la oscuridad y sacúdelo, baby.

Supe que era mayor porque la aguja tocó el disco sin derrapar. A partir de ese día, libre de los oráculos que aseguraban que mis manos arruinarían el LP,  los tres o cuatro segundos de gis antes de que empezara el lado A -mi curiosidad por darle preferencia al lado B vino después, cuando aparecieron los compactos- fueron solo para deslizar la puerta corrediza del armario, donde estaba la bocina.  Entré al armario y cerré la puerta por dentro y, a oscuras, escuché el audiolibro.

Con la cabeza recargada en un cojín, ocupando apenas el espacio que quedaba entre la alfombra y el ruedo de los abrigos y los vestidos de noche de mi mamá, cerré los ojos.  Las voces y la música hacían vibrar todas las fibras de ese espacio: desde la lana hasta el poliéster;  la malla que cubría la bocina, mis tenis, mi cráneo. Ese día fue un audiolibro y ese día fue un disco de mi grupo indispensable. Pasé varias horas repitiendo la secuencia porque el sonido era un temblor muy fino pero temblor al fin. Y se expandía hasta que cubrirme.  El sonido era una prolongación de mí y yo de él. Y yo me sentía aún mayor, más grande que mi órbita, la inmediata, la visible. En la vibración, escuchaba y al escuchar, veía en la oscuridad. Mi imaginación era mejor guionista que cualquier programa en la tele.  El oído se convirtió en mi antena.

De modo que, cuando mis contemporáneos descubrieron MTV y el consumo de música se tradujo, por obligación, en saberse la canción y el video, me quedé fuera de la pertenencia porque salí del armario y afirmé que los videos me parecían aburridísimos.  Lo que yo veía en mi cabeza al escuchar música no cabía en 3 minutos ni en una pantalla. Sabes nada, me dijeron. Tu imaginación no recibe premios anuales.

Ya no tengo armario y los videos que me gustan son pocos.  Entre ellos, está la presentación de The Beatles en el Show de Ed Sullivan, cantando “Twist and Shout”, el 23 de febrero de 1964. Sí, la canción es un clásico, las jóvenes se desbaratan, fue un parteaguas en la historia de la música pero no solo me gusta por su importancia (en sentido estricto, el video de la presentación en el Prince of Wales Theatre es más original porque documenta cuando John Lennon pide ayuda al auditorio, conformado por la realeza británica: “los de las butacas baratas aplaudan y el resto sacuda sus joyas…”)

Me gusta porque, para cuando The Beatles se presentaron en Estados Unidos, ya eran famosos y sabían que su sonido hacía temblar: a los críticos, a los fans, a los padres de los fans. La canción transcurre mientras The Beatles van siendo adorados en su altar; sacúdelo, baby es igualmente escandaloso.  Cantar en la televisión norteamericana era expandir su órbita pero no tenía nada de nuevo, habrían cantado “Twist and Shout” incontables veces y en modos similares:  John, de melena, conminaría a a la muchachita, destinataria del mensaje de la canción, a que hiciera el twist, Paul y George harían los coros.  El auditorio se desquiciaría siempre.

En este video,  John mueve la cabeza, canta y mira al frente, a un punto impreciso porque no trae audífono como en este siglo y tiene que escucharse. El auditorio, efectivamente, se aloca. Y no habría mayor diferencia entre esta y otras presentaciones excepto por el minuto 0:56.  ¿Quién hizo vibrar a quién?  ¿The Beatles a los televidentes o l@s fans al cuarteto?  Es un microsegundo, cuando John Winston Lennon,  huérfano de madre, abre los ojos y al escuchar, vé a través del universo. ¿Qué guiones se habría inventado en la oscuridad? Su sonrisa delata que los ha conjurado. Vuelve a su personaje público, a la rutina del rebelde, la guitarra y el amplificador, provocando. Pero su gesto no me pasa desapercibido y me hace pensar, es un video que veo con frecuencia, cuando mi oído trae sordina y tengo preguntas. Sé que era un grande. Le admiro más que haya sido humano.

Y parto a bañarme. Sobra decir cuál voy a cantar.


En el Día de la Tierra

Tengo diez ventanas abiertas. Nueve son de mi computadora y una está junto a la mesa donde escribo.

Las nueve me conducen a un volcán de direcciones ip. Es otro planeta: el de  la conexión a alta velocidad.  Lo habito porque click.  Lo navego, escalo sus niveles, lo aprehendo en grados google. Quiero vivir un siglo y medio para recorrer, a saltos, el catálogo de sus paisajes y hábitats y especies y reacciones. No tiene fronteras ni ciclos. Rota sobre un eje global, sedimenta sobre lo sedimentario y, ¿has oído algo más hermoso?:  la información, líquida, se condensa en nubes.

Hace 25 años no existía este planeta. En él, soy activista, popular, creadora.  Filosofo como avatar: yo soy yo y mis hipervínculos.  Nunca había vivido tanto desde mis audífonos.  Este otro planeta, explícito y generoso, merece toda mi atención. Me provee de alimento; me hermana, sigo, me siguen.  Y cuando me conmuevo, guardo en el disco duro un pedacito de su universo para legarlo a mis niet@s. Y cuando me asombro, amplío mi arrobamiento entre el pulgar y el índice. Me gusta.

La ventana junto a mi computadora da a un naranjo.  Cierro las ventanas, nueve, del planeta conectado; la Otra Tierra que hoy celebra el Día de la Tierra.  Salgo, descalza, hasta el árbol. Es mediodía y primavera y he de cerrar los ojos porque el sol está muy fuerte.  Estoy parada junto a un árbol que me rebasa y me invita a conectarnos en un proceso calmado y misterioso. La propuesta no deja de intrigarme,  porque en la Otra Tierra eso no es posible. Aquí soy nadie y nada sé y al árbol no le importa.

Digo que sí. Podría vivir un siglo y medio describiendo a qué huelen los azahares.


Entrevista a @bilbeny

En franco aprovechamiento de la cercanía, guiño, esta es la entrevista que le hice mi esposo y compañero Mario Valle (@bilbeny) por el lanzamiento de su libro “Administra tu pasión”.

Te recomiendo esta lectura porque le auguro un éxito enorme: es una conversación que estimula las mentes y los corazones. Su estilo es ágil y divertido, conciso, documentado. Y si bien está dirigido a l@s videojugador@ “de hueso colorado”, yo pienso que la propuesta de Mario es mucho más amplia. ¿Tienes hij@s? ¿Vives en América Latina? ¿Te preguntas, todos los días, dónde está la mejor versión de tí mism@? Si tuviste una, dos o tres respuestas afirmativas, este libro es para tí.

Escucha aquí

pd. al final de la entrevista, tendrás  la oportunidad de escuchar  un ejemplo de cómo la risa cuatrapea los subjuntivos. Una muestra más de que el lenguaje está vivo y que el verbo “agradecer” se dice de muchas maneras.  

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.287 seguidores