Es un defecto del tamaño de la ex Unión Soviética. Ocupa un amplio porcentaje en mi mapa. Me resta gracia y tiene efectos secundarios de distancia y conmiseración. Prefiero, por lo tanto, afrontarlo públicamente. Mi defecto es que no sé reservarme un regalo. Similar a tener un carbón caliente entre las manos, todo mi lenguaje no verbal denota que algo me pica. Empiezo a hacer ruidos que parecen rechinidos de goznes de ático. Evito la mirada directa porque, de encontrarme ojo a ojo, se me sale una sonrisa nerviosa, enseñando los dientes y parpadeando como si me faltara vitamina B12. Soy desagradable.
Luego trato de persuadir a la gente de que me deje expresar libremente lo que está sucediendo: te tengo un regalo y me muero por dártelo. ¿Quieres? Por lo general, la respuesta es no. Hay personas autocontroladas, dosificadas y ecuánimes capaces de decir me lo das en quince días, el mero día de mi cumpleaños. Yo insisto, sonando como orquesta de una sola persona, tú no entiendes: te tengo una sorpresa increible, es un regalo que te hice, me gustaría dártelo ahora. Pronuncio un por favor pausado, sabiendo que estoy cayendo gorda. En este punto de inflexión he presenciado respuestas variadísimas. La inicial es, casi siempre, “no, gracias, pero qué linda” (¿qué lindura puede haber en ahogarse con un regalo?). Otra, común, es el diálogo que sí-que no, hasta que el interlocutor se canse, se enoje, se exaspere, se vaya o todas las anteriores. La más sabia es también la más condescendiente. El recipiente de acoso cede, pide que su sorpresa sea revelada. Yo se la entrego sin contexto ni mesura. Con un gusto enorme y la misma cantidad de culpa social.
Es un defecto notorio, que aturde. Téngame paciencia si les llego a saltar como perro labrador para atosigarlos con un regalo. Cualquier parecido con este texto y el escrito en el Korova, es mera coincidencia.
