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la bitácora de Miranda Hooker

Apología de un defecto notorio 24 Noviembre 2009

Archivado en: Miranda Korova — mirandahooker @ 15:15

Es un defecto del tamaño de la ex Unión Soviética. Ocupa un amplio porcentaje en mi mapa. Me resta gracia y tiene efectos secundarios de distancia y conmiseración. Prefiero, por lo tanto, afrontarlo públicamente. Mi defecto es que no sé reservarme un regalo. Similar a tener un carbón caliente entre las manos, todo mi lenguaje no verbal denota que algo me pica. Empiezo a hacer ruidos que parecen rechinidos de goznes de ático. Evito la mirada directa porque, de encontrarme ojo a ojo, se me sale una sonrisa nerviosa, enseñando los dientes y parpadeando como si me faltara vitamina B12. Soy desagradable.

 

Luego trato de persuadir a la gente de que me deje expresar libremente lo que está sucediendo: te tengo un regalo y me muero por dártelo. ¿Quieres? Por lo general, la respuesta es no. Hay personas autocontroladas, dosificadas y ecuánimes capaces de decir me lo das en quince días, el mero día de mi cumpleaños. Yo insisto, sonando como orquesta de una sola persona, tú no entiendes: te tengo una sorpresa increible, es un regalo que te hice, me gustaría dártelo ahora. Pronuncio un por favor pausado, sabiendo que estoy cayendo gorda. En este punto de inflexión he presenciado respuestas variadísimas. La inicial es, casi siempre, “no, gracias, pero qué linda” (¿qué lindura puede haber en ahogarse con un regalo?). Otra, común, es el diálogo que sí-que no, hasta que el interlocutor se canse, se enoje, se exaspere, se vaya o todas las anteriores. La más sabia es también la más condescendiente. El recipiente de acoso cede, pide que su sorpresa sea revelada. Yo se la entrego sin contexto ni mesura. Con un gusto enorme y la misma cantidad de culpa social.

 

Es un defecto notorio, que aturde. Téngame paciencia si les llego a saltar como perro labrador para atosigarlos con un regalo. Cualquier parecido con este texto y el escrito en el Korova, es mera coincidencia. 

 

Ineptitud y monografía 21 Noviembre 2009

Archivado en: aprendizaje, maternidad, significados — mirandahooker @ 16:40

Insisto en preguntar, oh ciberespacio, por qué los maestros dejan tareas que involucran, manualmente, a los padres. No estoy de acuerdo. Que si hay que recortar por la línea punteada o ir a la visita guiada del Museo del Castillo de Chapultepec, bueno. Es una intervención adulta, puntual, delimitada. Que si hay que producir un material tipo exposición y para ello, los padres debemos ir cuatro veces a la papelería, recurrir a la pistola de silicón (palabras mayores en el ámbito del pegado) o navegar en Wikipedia reagrupando conocimientos anacrónicos, cae mal. No hago papel maché, ni maquetas, ni gráficas, ni ecosistemas. A mi sólo me sale escribir, tejer y explicar. Me siento invadida en mi tiempo, cuestionadora del sistema educativo. E inepta, muy.

 

Y cuando uno experimenta su propia ineptitud, desciende hasta la caja de herramientas más primitiva hasta llegar ese objeto o persona que no falló entonces, ojalá no falle ahora. Yo por eso fui a la papelería donde me llevaba mi mamá. Me atendió el dueño, un güero que tiene 40 años ahi, con su voz de impecable dicción tras el mostrador pero no me reconoció. Cuando ví el poster de cultura vial (copyright 1979) y la vitrina con los mismos 52 colores Prismacolor de punta perfecta -máxima aspiración de mi niñez- supe que la tarea estaba potencialmente hecha y mi ineptitud, diluyéndose.

 

En lo que el dueño buscaba lo que le pedí, me asomé al legendario estante de las monografías, ordenadas por temas, con una etiqueta en cada repisa. No sé cómo fueran en otros países pero aquí en México, hace unas décadas, las monografías hicieron lo que Diderot no pudo con la Enciclopedia: forjaron el bagaje cultural e iconográfico de los estudiantes de primaria. Consistían en un cromo tamaño carta que, al frente, tenían seis u ocho ilustraciones y detrás, la explicación resumida. Todos los temas tenían monografía: los Etruscos, el Tercer Mundo, la primavera, la higiene, las Siete Maravillas, Mesopotamia, los reyes de Tenochtitlan. Las ilustraciones eran imprecisas y dramáticas, como Marx, Mark Twain y Tchaikovsky, que eran un modelo de barbón entrecano. A Lenin lo ponían, invariablemente, frunciendo el entrecejo y los guerreros aztecas tenían músculos tipo cómic y unos penachos grandilocuentes que impresionaban. No faltaba el compañero aburguesado al que le compraban dos monografías, una para usar la ilustración y otra pegar lo de atrás, sin tenerlo que copiar como el resto de nosotros, mortales.

 

Volví de mi viaje por la memoria. Salí con el material completo y dos certezas: compensaré mi ineptitud de madre auxiliadora en la tarea, enseñándole a mi hija a aprender de los detalles y (tomen nota, lectores) a partir de hoy, coleccionaré monografías. Inauguraré mi colección con Pierre y Marie Curie andando en bicicleta y verdosos, descubriendo el radio.

 

 

Ojalá puedan acompañarme 19 Noviembre 2009

Archivado en: avisos, comunidad — mirandahooker @ 03:08

 

Plantas, huellas, fachas 18 Noviembre 2009

Archivado en: jardin, que vida esta — mirandahooker @ 16:26

  Las plantas han dejado huella en mí y yo les he correspondido con la misma atención. Es una historia antigua, se remonta a mis años de estudiante.

 

A manera de prólogo (forma explicativo-literaria por la que siento un afecto espontáneo) he de mencionar que la licenciatura que estudié conjuntaba tal cantidad de especies humanas con estilos divergentes, que parecía zoológico. Y en ello contribuía, notoriamente, el atuendo indidivual. Parecía que la creatividad, el desapego a las normas, la flojera y filosofía tenían el imperativo de manifestarse en la ropa. Es decir, nos la vivíamos en la facha.

 

Contrastábamos con los de Derecho, de traje infalible, con los de Arquitectura o Diseño, de overol de taller, con las de Historia del Arte, tan neoclásicas y con los de Formación de Chef, de filipina y pantalón institucional. La nuestra era una moda impredecible, juguetona y reveladora: qué jóvenes éramos. Por eso me sorprendió tanto ver a mi novio ataviado de corbata, saco y zapato de vestir en vez de los jeans, la t-shirt y los tenis perpetuos. Ese tipo de visiones, como alucinación de oasis, solían suceder cuando había una presentación de publicidad y entonces valía disfrazarse de gente decente, una o dos veces al año.

 

Eran las 11, en un cambio de clase. La universidad entera estaba en la explanada y sus jardines, tomando el sol de la mañana. Mi novio y yo hicimos contacto visual a lo lejos, con el sexto sentido de quien puede localizar al ser amado en medio de una multitud. Él venía caminando hacia mi, yo estaba en un pasillo formado por arbustos, nos separaban unos 70 metros. Quise mostrarme efusiva y sensible a su formalidad en el vestir, aprovechando que los arbustos eran de piracanto, que forma una mata frondosa y robusta. Hice el gesto de quien se desmaya, con la mano en la frente, languideciendo y dejando caer toda mi humanidad sobre el arbusto, confiando que, por su altura, me sostendría.

 

No me sostuvo. Para hacer más interesante el momento, mi novio se perdió de mis dotes histriónicas y solamente vió como me lancé, suicida, sobre el pasillo de arbusto y desaparecí del paisaje. Corrió a mi encuentro. Me halló atorada entre las ramas, abierta como compás, al ras del suelo, pujando de vergüenza y dificultad. Antes de recuperar algo de compostura y que pudiera reirme de mí misma, me supe blanco de murmullos que crecían, miradas de periscopio, señalamientos con el índice y carcajadas por grupos. Parece ser que mientras más estudios tiene el prójimo, más ajeno se cree a los gestos de torpeza.

 

Yo me reí, al último, que es mejor. A manera de epílogo (forma narrativa que presupone que lo relatado concluye) hoy ese novio es mi marido, ambos disfrutamos la facha y en ese pasillo, el arbusto nunca volvió a crecer igual. Es cierto, entonces, que las plantas han dejado huella en mí y yo en ellas. (Risas grabadas).

 

 

Inducción 17 Noviembre 2009

Archivado en: Miranda Korova, avisos, taller de escritura — mirandahooker @ 02:59

 A los nuevos y nuevas por el rumbo, a los desmemoriados y a los que quieren más, pero no saben dónde buscar:

a) cada semana escribo en el Proyecto Korova, los martes. Hoy, lunes, fue la excepción. (Qué bien cae de vez en cuando, que las reglas no procedan). Pensé en mi último día.

b) Para los que tienen una cita pendiente con la escritura (o acaban de agendar una) está el taller interactivo “Letras para todos”. Ejercicios variaditos, que se resuelven al gusto personal y al ritmo de cada quien.   Sorprende a tu novia, conjura el ocio, inscribe a tu abuelita,  saca al escritor o blogger que llevas dentro.

c) Muy pronto, los detalles de la presentación de mi libro. Ojalá puedan acompañarme.

 

Por sus frutos, los conocerás. 12 Noviembre 2009

Archivado en: bitácora, casa — mirandahooker @ 16:19

  Yo me divierto enormidades cuando hago la compra. Es mi filosofía para enfrentar el estrés de la crisis, ante la majadería de los precios crecientes y del enojo masivo que se respira. Empujo mi carrito del supermercado y alargo el ojo hacia los carritos del prójimo que me encuentro en el camino. Cada uno cuenta una historia. Y ejercitar toda la capacidad deductiva mientras se elige la mayonesa o se piden 750 gramos de jamón es la mejor herramienta para mantenerse de buenas.

 

Hay quien es vegetariano, a quien ya le va a bajar, quien fue sonsacado sin resistencia para adquirir productos que no necesitaba, quien se tiñe el cabello y se retoca las raíces, quien tiene fiesta, quien tiene niños en casa, quien va al gimnasio, quien necesita compresión graduada para las várices, quien confía en su suavizante de ropa, quien se dio su botanita para ambientar la compra, quien es cliente de la línea light en todas sus presentaciones, quien se apasiona por los elotitos de cambray, quien quiere eliminar el 99.9% de los gérmenes del mundo, quien va en el multitasking hablando por teléfono, tomando del estante multipacks de multilimpiadores multiusos, quien acomoda los víveres por departamentos, formas geométricas y estaturas, quienes echamos todo como cae, asumiendo que la vida es diversa y desordenada. Desde luego, hay quienes ni siquiera requieren carrito y van enseñando su desapego, cargando apenas unos cuantos productos entre los brazos. No se salvan de mostrar su prisa, su emergencia o su soltería. O las tres.

 

Me asombra el mismo fenómeno, pero al momento de pagar. Hay quien alinea impecablemente los productos sobre la banda y yo estoy segura de estarme asomando a sus cajones obsesivo-compulsivos. En contraste, hay quienes vacían el carrito en modo cachondo aleatorio, es decir, los artículos van unos sobre otros, en franca convivencia. Si la compra estuvo regida por una lista reglamentaria, ésta saldrá a relucir en algún momento. Si no, es posible que el comprador o compradora esté revisando, con la mente, su compra para cerciorarse de que nada se le olvida. Las madres, cabe mencionar, debemos lidiar además con el Triángulo de las Bermudas de las golosinas, que se ha malentendido como termómetro del afecto. Acoto como dato cultural que, en todos los casos, la agilidad para empujar el carrito por los pasillos y de pasar la mercancía a la banda es determinada por el estado real de la zona lumbar del consumidor, en particular después de los treinta.

 

Por sus frutos, verduras, cartones de leche y limpiadores, los conocerás.

 

Perfiles 11 Noviembre 2009

Archivado en: maternidad, que vida esta — mirandahooker @ 01:38

  Cómo extraño esa época en la que Victoria Luminosa me contaba de sus compañeros y se refería a ellos por su nombre: Daniel, Gina, Rodri, Luisa. Con el paso a la primaria, sus relatos adquirieron nuevos protagonistas, a los que ubicaba con el universal mote “un compañero de mi salón” y ya. Eran tiempos sencillos, donde yo podía hilar la trama de la mini aventura, escuchando mientras realizaba otras actividades.

 

La nostalgia, ciertamente, me invade porque ahora debo tener una libreta a la mano. Heredó de mí eso de hablar veinte mil palabras por minuto y su vida social ha tomado unos matices narrativos que me traen finta. Cada vez que anuncia “¿te digo Mamá?” yo agarro con qué tomar nota y me preparo para recibir la descripción detallada de algún niño de 7 años que habita en su clase. Según he podido observar, ese salón está lleno de personajes. Ellos son y ella los construye:

 

“Joanna, que es una niña que su mamá si la deja ver Atrévete a Soñar…”

“David Rosas, que una vez se le atoró el diente en un chicle y casi se lo traga…”

“María Estefanía, que le gusta que le digan Mary, Estefy, Mary Estefy y Nena…”

“Adolfo, que es un niño al que le mandan aceitunas de lunch, porque le gustan mucho…”

“Heidi, que una vez le dijo a la Miss que no manche….”

“Diego, que yo pensaba que era mi amigo, que es muy molestón pero yo sé que le dan miedo las arañas…”

“Ximenita, que en su casa le dan 20 pesos para gastar en la tiendita y se compra unos molletes y una fanta…”

 

Etcétera. Y eso que apenas va en segundo de primaria. Una vez yo le narré el mundo, ahora ella me lo muestra a través de sus perfiles. Ya compré una dotación de libretas para que no me agarre la melancolía de perderme uno solo de sus guiones.

 

Tinta para una blogger 9 Noviembre 2009

Archivado en: bloggear, escritura, significados — mirandahooker @ 01:06

 La máquina de escribir fue patentada a mediados del siglo XIX y hasta antes de ese momento histórico, los escritores hacían sus textos a mano. Para ello utilizaban una pluma de ave o plumilla con punta metálica y un frasco con tinta. La experiencia resultaba, en sí misma, todo un reto a la precisión: no bastaba con encontrar la palabra exacta, la frase puntual, el argumento lúcido; la tinta parecía tener vida propia. Los manuscritos, al final, eran el mapa del mundo interior del escritor y de su relación con la tinta: manchas de significado por todas partes.

 

La máquina de escribir y después, la computadora personal, industrializaron la redacción. Se perdió, entre el olvido colectivo, aquella expresión de “se me quedó en el tintero”. Un decir que resumía, de modo fino y sutil, que lo inmencionable e inconcluso permanece flotando en un líquido de color hasta que alguien lo plasma en papel, cuando haya un valiente que se atreva a contarlo o alguien lo invoque con el sueño  correcto. ¿Cuánto tiempo permanece añejándose en ese barril intangible? Nadie sabe.

 

Yo escribo en mi computadora, en máquina de escribir y con plumilla. Esos tres instrumentos saben lo que callo  (no hay misterio, todos los actos creativos tienen sus contrapuntos de silencio). E igualmente, dan fe de mis remanentes creativos, de los retazos de ideas que nunca he llegado a publicar en mi blog porque no se ensanchan lo suficiente para formar un post: la vez que se me cayó Victoria Luminosa cuando era bebé, mis peores alumnos, una muchacha que me ayudaba al aseo y cuya vocación secreta era estudiar karate, cómo “Another Brick in the Wall” me salvó del insomnio, de la ardilla sagaz que me robó un bisquet, por qué no soporto el olor a aserrin, cómo podría asegurar que, en otra vida, fui perseguida política, el galán que quiso apantallarme y pasó por mi en una limusina, etcétera.

 

Un día serán texto, supongo. Pero si se rehusan a tomar forma en la compu o en la Olivetti, ya sé lo que tengo que hacer. He de dejar a un lado la innegable faceta industrial mecanizada de escribir en este siglo e irlos a buscar a un tintero, donde habitan los temas. Ustedes, al verme con las manos salpicadas, sabrán que ese post viene de muy lejos. Como fue, como es, como será: manchas de significado por todas partes. Estén pendientes.

 

Desnudez 4 Noviembre 2009

Archivado en: aprendizaje, comunidad, cuerpo, significados — mirandahooker @ 17:21

Lo que yo podía saber sobre desnudez colectiva lo aprendí en las manifestaciones de los 400 pueblos indígenas sobre el Paseo de la Reforma y escrutando, con ocio, algunas de las fotografías de Spencer Tunick. Mi conclusión fue que somos el mismo modelo anatómico con ligeras variantes, aportación del kilometraje personal.

 

Eso me ha quedado claro en mi clase de masaje. A fuerza de sobar espaldas y extremidades, es innecesario conservar el pudor, ya lo decía John Lennon: todo es uno, todas son una. Porque al amasar el cuerpo del compañero, se está amasando a la humanidad y con el aceite de almendras como vehículo se aprenden las formas y contornos del omóplato al sacro, de la pantorrilla al bícep, se palpan las cicatrices y sus historias, se distingue músculo de hombre y articulación de mujer. Una lección de generalidad en época de individualismo. 

 

Y pertenecer a una generalidad podría conducir a estratos más espirituales de no ser porque en el masaje  aparecen ciertos ruidos circunstanciales, donde prevalece la individualidad. Es el caso de los calzones, por ejemplo. Pantaleta completa, pantaleta corte francés, trusa blanca con elástico doble, bikini speedo, boxer de florecitas, biker Hanes, tanga brasileña, tanga de hilo, hilo milimétrico, denotando estilo, personalidad, nivel de autoerotismo y tipo de lavadora del compañer@ a masajear. Por más que la sábana cubra lo indispensable, el ojo puede acostumbrarse a la presencia desnuda genérica pero nunca a pasar de largo la ropa interior del prójimo. El calzón es el símbolo del yo que no eres tú.

 

Tocando el extremo, la circunstancia más escandalosa proviene de un bisturí. Al lado de una compañera que tiene operado el busto y cuyos atributos permanecen incólumnes sea en posición supina o boca abajo, al resto de las practicantes se nos vé una cintura del ancho del Árbol del Tule, espalda de estibador y una etiqueta invisible de aburrición, al menos ante la mirada de los varones de mi clase, con su imaginación que discrimina. Es difícil ponerse en el canal holístico, intención del masaje. La desigualdad es confrontante, da ganas de arañar en vez de sobar. Y de manifestarse sobre Paseo de la Reforma.

 

A pesar de los calzones físicos o mentales que mostramos y las diferencias que nos igualan, sigo convencida de que somos el mismo modelo anatómico, cincelado por los años y los parajes recorridos. No es lo mismo, eso sí, estar encuerado que desnudo. En cueros, cuando nos quitamos la ropa; desnudos, todo el tiempo. Esa es nuestra humanidad, amasémonos unos a otros.

 

Ofrenda 2 Noviembre 2009

Archivado en: comunidad, otoño, panteones, ruta — mirandahooker @ 18:07

El tránsito del 31 de octubre al 2 de noviembre me dejó renovada y una gran certeza. Yo lo atribuyo a que invertí una buena cantidad de incienso para sahumar mi casa, a que me disfracé de Medusa y a conjurar las ausencias sobre una tumba. A saber:

 

a) El incienso, cuando se prende en una copalera y satura el ambiente, deja entrever lo estancado. Aparecen, a contraluz, grandes franjas horizontales inmóviles, tajantes. Al cabo de las horas y sin mayor intervención humana, se desvanecen junto con las ansiedad y las ganas de discutir; el aire se siente ligero, ordenado, receptivo. Bien.

 

b) Esta es la primera vez que me disfrazo de algun personaje que no es Morticia Adams, gitana o chica a go-gó, mis atuendos de cajón. Medusa llegó a mí porque atisbé a lo lejos, en el mercado, un tocado artificial de serpientes y me gustó. El resto fue facilísimo: una falda negra, una blusa, un collar, un chal y un exceso de maquillaje en los ojos. Confieso que tuve mi momento de agobio porque el negro en los párpados me haría ver ojerosa, más de lo que ya soy; trauma aportado por mis compañeros de la primaria. Me desagobié marcándome las peores ojeras verdenegrosas de la mitología, y con qué placer.

 

c) Finalmente, después de una semana entera de estire y afloje, yo acepté la iconografía de Halloween, mis hijas cedieron a mi parafernalia de dia de Muertos y mi esposo tomó las fotos. Mejor aún, fuimos al panteón donde se regodearon con los gritos de las marchantas que vendían quesadillas, les tocó presenciar cómo barrí a ritmo de la cumbia que puso el doliente vecino y llenamos de cempasúchitl, velas y flores las tumbas. Me gusta hacerlo sola, en compañía es un banquete.

 

 ¿La gran certeza? Siempre es tiempo de ofrenda.