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la bitácora de Miranda Hooker

Tinta para una blogger 9 Noviembre 2009

Archivado en: bloggear, escritura, significados — mirandahooker @ 01:06

 La máquina de escribir fue patentada a mediados del siglo XIX y hasta antes de ese momento histórico, los escritores hacían sus textos a mano. Para ello utilizaban una pluma de ave o plumilla con punta metálica y un frasco con tinta. La experiencia resultaba, en sí misma, todo un reto a la precisión: no bastaba con encontrar la palabra exacta, la frase puntual, el argumento lúcido; la tinta parecía tener vida propia. Los manuscritos, al final, eran el mapa del mundo interior del escritor y de su relación con la tinta: manchas de significado por todas partes.

 

La máquina de escribir y después, la computadora personal, industrializaron la redacción. Se perdió, entre el olvido colectivo, aquella expresión de “se me quedó en el tintero”. Un decir que resumía, de modo fino y sutil, que lo inmencionable e inconcluso permanece flotando en un líquido de color hasta que alguien lo plasma en papel, cuando haya un valiente que se atreva a contarlo o alguien lo invoque con el sueño  correcto. ¿Cuánto tiempo permanece añejándose en ese barril intangible? Nadie sabe.

 

Yo escribo en mi computadora, en máquina de escribir y con plumilla. Esos tres instrumentos saben lo que callo  (no hay misterio, todos los actos creativos tienen sus contrapuntos de silencio). E igualmente, dan fe de mis remanentes creativos, de los retazos de ideas que nunca he llegado a publicar en mi blog porque no se ensanchan lo suficiente para formar un post: la vez que se me cayó Victoria Luminosa cuando era bebé, mis peores alumnos, una muchacha que me ayudaba al aseo y cuya vocación secreta era estudiar karate, cómo “Another Brick in the Wall” me salvó del insomnio, de la ardilla sagaz que me robó un bisquet, por qué no soporto el olor a aserrin, cómo podría asegurar que, en otra vida, fui perseguida política, el galán que quiso apantallarme y pasó por mi en una limusina, etcétera.

 

Un día serán texto, supongo. Pero si se rehusan a tomar forma en la compu o en la Olivetti, ya sé lo que tengo que hacer. He de dejar a un lado la innegable faceta industrial mecanizada de escribir en este siglo e irlos a buscar a un tintero, donde habitan los temas. Ustedes, al verme con las manos salpicadas, sabrán que ese post viene de muy lejos. Como fue, como es, como será: manchas de significado por todas partes. Estén pendientes.

 

Desnudez 4 Noviembre 2009

Archivado en: aprendizaje, comunidad, cuerpo, significados — mirandahooker @ 17:21

Lo que yo podía saber sobre desnudez colectiva lo aprendí en las manifestaciones de los 400 pueblos indígenas sobre el Paseo de la Reforma y escrutando, con ocio, algunas de las fotografías de Spencer Tunick. Mi conclusión fue que somos el mismo modelo anatómico con ligeras variantes, aportación del kilometraje personal.

 

Eso me ha quedado claro en mi clase de masaje. A fuerza de sobar espaldas y extremidades, es innecesario conservar el pudor, ya lo decía John Lennon: todo es uno, todas son una. Porque al amasar el cuerpo del compañero, se está amasando a la humanidad y con el aceite de almendras como vehículo se aprenden las formas y contornos del omóplato al sacro, de la pantorrilla al bícep, se palpan las cicatrices y sus historias, se distingue músculo de hombre y articulación de mujer. Una lección de generalidad en época de individualismo. 

 

Y pertenecer a una generalidad podría conducir a estratos más espirituales de no ser porque en el masaje  aparecen ciertos ruidos circunstanciales, donde prevalece la individualidad. Es el caso de los calzones, por ejemplo. Pantaleta completa, pantaleta corte francés, trusa blanca con elástico doble, bikini speedo, boxer de florecitas, biker Hanes, tanga brasileña, tanga de hilo, hilo milimétrico, denotando estilo, personalidad, nivel de autoerotismo y tipo de lavadora del compañer@ a masajear. Por más que la sábana cubra lo indispensable, el ojo puede acostumbrarse a la presencia desnuda genérica pero nunca a pasar de largo la ropa interior del prójimo. El calzón es el símbolo del yo que no eres tú.

 

Tocando el extremo, la circunstancia más escandalosa proviene de un bisturí. Al lado de una compañera que tiene operado el busto y cuyos atributos permanecen incólumnes sea en posición supina o boca abajo, al resto de las practicantes se nos vé una cintura del ancho del Árbol del Tule, espalda de estibador y una etiqueta invisible de aburrición, al menos ante la mirada de los varones de mi clase, con su imaginación que discrimina. Es difícil ponerse en el canal holístico, intención del masaje. La desigualdad es confrontante, da ganas de arañar en vez de sobar. Y de manifestarse sobre Paseo de la Reforma.

 

A pesar de los calzones físicos o mentales que mostramos y las diferencias que nos igualan, sigo convencida de que somos el mismo modelo anatómico, cincelado por los años y los parajes recorridos. No es lo mismo, eso sí, estar encuerado que desnudo. En cueros, cuando nos quitamos la ropa; desnudos, todo el tiempo. Esa es nuestra humanidad, amasémonos unos a otros.

 

Ofrenda 2 Noviembre 2009

Archivado en: comunidad, otoño, panteones, ruta — mirandahooker @ 18:07

El tránsito del 31 de octubre al 2 de noviembre me dejó renovada y una gran certeza. Yo lo atribuyo a que invertí una buena cantidad de incienso para sahumar mi casa, a que me disfracé de Medusa y a conjurar las ausencias sobre una tumba. A saber:

 

a) El incienso, cuando se prende en una copalera y satura el ambiente, deja entrever lo estancado. Aparecen, a contraluz, grandes franjas horizontales inmóviles, tajantes. Al cabo de las horas y sin mayor intervención humana, se desvanecen junto con las ansiedad y las ganas de discutir; el aire se siente ligero, ordenado, receptivo. Bien.

 

b) Esta es la primera vez que me disfrazo de algun personaje que no es Morticia Adams, gitana o chica a go-gó, mis atuendos de cajón. Medusa llegó a mí porque atisbé a lo lejos, en el mercado, un tocado artificial de serpientes y me gustó. El resto fue facilísimo: una falda negra, una blusa, un collar, un chal y un exceso de maquillaje en los ojos. Confieso que tuve mi momento de agobio porque el negro en los párpados me haría ver ojerosa, más de lo que ya soy; trauma aportado por mis compañeros de la primaria. Me desagobié marcándome las peores ojeras verdenegrosas de la mitología, y con qué placer.

 

c) Finalmente, después de una semana entera de estire y afloje, yo acepté la iconografía de Halloween, mis hijas cedieron a mi parafernalia de dia de Muertos y mi esposo tomó las fotos. Mejor aún, fuimos al panteón donde se regodearon con los gritos de las marchantas que vendían quesadillas, les tocó presenciar cómo barrí a ritmo de la cumbia que puso el doliente vecino y llenamos de cempasúchitl, velas y flores las tumbas. Me gusta hacerlo sola, en compañía es un banquete.

 

 ¿La gran certeza? Siempre es tiempo de ofrenda.

 

Falible 29 Octubre 2009

Archivado en: aprendizaje, maternidad, que vida esta — mirandahooker @ 17:36

La colindancia con los United States tiene múltiples y complejas implicaciones socioculturales entre las cuales se encuentra que casi todos los jardines de niños en México pongan una ofrenda de Día de Muertos pero celebren festivamente el Halloween. Lo anterior se traduce en la vida de mis hijas como que los últimos días de octubre tengan por monotema su disfraz para el festival. Que cómo van a ir vestidas, que cómo las voy a maquillar, de qué va ir la amiguita, etcétera.

 

La verdad de la situación es que, tanto ellas como yo, nos inquietamos conforme se acerca el mentado Halloween. Yo, porque mi mente se enreda elaborando miles de planes sobre mi propia celebración del Día de Muertos y ellas porque, sin grandes esfuerzos para atar cabos, ya han dado cuenta de que tienen una madre imperfecta.

 

Y el foro para evidenciar la imperfección es, justamente, el festival de Halloween. Hay niños que van vestidos con tal detalle que sólo hay dos explicaciones: el traje fue adquirido en un viaje al extranjero o la mamá se la pasó en la rueca, hilando, las dos semanas anteriores. Ese último argumento me encrispa porque yo sólo sé tejer colchas de cuadritos y si quisiera tejer un disfraz tendría que comenzar en marzo, época en la que mis batallas creativas se centran en adornar, con dignidad, dos bicicletas bajo una profusión de flores de papel porque llegó la primavera.

 

Ayer, ante la inminencia del festival y saturada del monotema, fui con mis hijas al mercado a comprar el disfraz. La situación conspiró para que yo me agobiara por las imágenes que me proyectarán en la posteridad…El pasillo de los disfraces, con una cantidad absurda de gente, embutida, y yo con fobia a la multitud. Mis hijas que no se decidían entre cuatro opciones y su parsimonia al deliberar, que me hiperventiló. Mi tono al regatear que pretendía ser casual y que instó a que Mini Dancing Queen preguntara si nosotros somos ricos o pobres. Mi sollozo por querer llamarle a mi terapeuta y ya no traer crédito.

 

Hoy, podría suponer, es otro día. No, es la mañana del festival de Halloween, fecha en la que, puntuales, mis hijas emiten la frase anual que refleja mi imperfección en materia de caracterización. Les sale con toda honestidad, así la temo y la recibo como metáfora del resto de los aspectos de la vida entre ellas y yo. Han pasado del “Mamá, ¿de qué dices que vengo disfrazada?” al “¿De qué sirve vestirse de Diablo si el disfraz está apretado?” hasta el “No quiero juzgarte, mami, pero te salen muy mal los peinados con trenzas”. Cada año dejo que sus palabras me calen en lo más hondo y con la capa materna ladeada, las envío a la escuela. Luego, me arreglo  y cumplo, también en punto, con llegar al festival a verlas cantar sus canciones tenebrosas.

 

Las veo, en medio de esos disfraces bien hechos, impecables, los que nunca elaboraré. Mis hijas, a su vez, me ven parada entre las señoras con manicure a la francesa, las amas de casa y las ejecutivas; y desde ahi, les respondo a su frase anual. Porque invariablemente, mi atuendo para asistir al Festival de Halloween remite a una bruja: las mallas rayadas, la boca negra, un sombrero quizás. Mi imperfección e inmadurez son evidentes.  Pues sí, soy una madre falible, mi amor y mis intenciones no compensan que hago lo que puedo y hay veces que puedo poco. Si esa es la realidad, la quiero enfrentar con estilo.

 

 Yeah.

 

Y que se conocen 28 Octubre 2009

Archivado en: bitácora — mirandahooker @ 14:48

Hace dos años encontré un blog escrito por una chava y decidí seguirla, por curiosidad. Me intrigan las mujeres que escriben. Las invariables carcajadas que me generaba su lectura se hicieron parte de mi rutina y quise acercarme a ella, como admiradora. Nunca me imaginé que le estaba escribiendo a la blogger más famosa de México. Cuando lo supe, me sorprendió aún más que me respondiera para compartir puntos de vista sobre la escritura, los lectores y la vida.

 

Los seis grados de separación entre persona y persona son reales y ciertos. Yo sabía que un día, tarde o temprano, nos conoceríamos en persona y temía un poco por ese encuentro; las mujeres no siempre somos buenas para tolerar a especies de otros planetas. En algún lugar del encasillamiento, las adictas a las t-shirts y a los tenis, metaleras, caminantes no son afines a las aseñoradas de medias de red y falda larga, maternales y de modales afectados. El encuentro hipotético bien podría resumirse en un juicio mutuo, antes de que cada quien siguiera su camino virtual. Mejor de lejitos.

 

Cuando voltée, ella estaba junto a mí. Gritamos en el auténtico tono agudo de las mujeres cuando todo lo mencionable quiere salir al mismo tiempo. Luego nos abrazamos fuerte, muy fuerte, y platicamos tres horas seguidas. No hubo choque planetario, sólo estilos coexistentes, risas y mallas de colores en común.

 

Así fue como se conocieron Plaqueta y Miranda Hooker.

 

Estación: Miranda publica 22 Octubre 2009

Archivado en: comunidad, escritura, otoño — mirandahooker @ 14:47

Solicité a los árboles que me regalaran sus hojas.

Extendí los brazos para recibirlas,

al fin, otoño.

Cayeron, en vaivén, fuera de mi canasta,

como si me huyeran.

No entendí.

Vino el invierno.

 

Al año siguiente, solicité de nuevo a los árboles

que me regalaran sus hojas.

Me senté en el suelo, con la canasta de otoño,

a esperar.

Cayeron, hasta formar una alfombra.

Cuando quise llevármelas, se hicieron polvo.

No entendí.

Vino otro invierno.

 

Este año dejé mi canasta de peticiones

y el mal hábito de pisar con timidez

y le dije al árbol: escucha.

Yo soy otoño, estas son mis hojas.

Te las regalo.

Y le enseñé, hoy, como mi primer libro se fue a la imprenta.

Saldrá a la luz, antes del invierno.

Hay días que entiendo más y otros, menos.

Publico y se los comparto.

 

 

Miranda festiva y funeraria 21 Octubre 2009

Archivado en: bitácora, otoño, panteones, ruta — mirandahooker @ 14:56

Personas cercanas suelen preguntarme, en estos días, cómo llegué al gusto apasionado por el Día de Muertos. 

 

El prólogo de la explicación se resume en que yo, al año y medio tuve un hermanito que falleció al poco tiempo de nacer y la muerte, furtiva, se me coló en las primeras vivencias; mi kinder, mis muñecas, mis canciones de cuna y las visitas al panteón para dejarle margaritas a mi hermano. No es metáfora cuando digo que he caminado entre tumbas desde que me acuerdo.

 

Debo decir que hay otra imagen fundamental: así como algunos padres juegan tenis o futbol con sus hijas o les transmiten el ajedrez o a tocar el piano, mi papá me enseñó a su madre, en el féretro. Es curioso porque las opiniones coinciden en que soy idéntica a ella, de manera que, al verla, fue como si me hubiera visto, muerta. Pero él estaba detrás de mí, enorme, protegiéndome. Ni entonces -a los ocho años- ni ahora, relacioné esa experiencia con lo macabro. Al revés, lo funerario se convirtió en una de mis fuentes de seguridad.

 

Y luego, resulta que soy mexicana. Debajo de la herencia colonial, corre una raíz colorida de culto al sol y (adivinen) a los muertos. Cada 1 y 2 de noviembre, los panteones son lugares de fiesta. La gente adorna las tumbas con cempasúchitl, que son flores naranjas que huelen a inframundo. Llevan música, desde grabadoras de pilas hasta mariachi, corre la risa y el tequila. En casa, ponen una ofrenda para cuando el difunto los visite: sus platillos preferidos, los cigarros aunque se haya muerto de cáncer, su vaso de agua, que no falte la fotografía, como pronunciar el nombre en imagen. Se componen versos sobre la Calaca Catrina, que muy oronda, ronda y se siente fina, pa’ decidir quien se quedó y quien, chin, se adelantó. No pude haber nacido en mejor lugar.

 

Ni mis hijas ni mi marido comparten este gusto. Victoria Luminosa dice mis ofrendas le dan pesadillas y Mini Dancing Queen arruga la nariz cuando hablo de tumbas. Ellas, en cambio, han sentido a su papá a través de (adivinen) los videojuegos. Quién sabe, dentro de unos años, cómo serán sus recuerdos y sus símbolos de seguridad, la vida edípica se mueve en modos misteriosos.

 

Iré al panteón porque lloré tantos años, que si hay una fiesta, voy de buen humor. Y si la fiesta es de muertos, mejor aún, me recuerda que estoy viva. Yo tengo bastante que celebrar guiada por los huesos, propios e inhumados.      

 

Esto es, queridos lectores, por si tenían la duda.

 

Desvelarse a gusto 18 Octubre 2009

Archivado en: bitácora, comunidad, cumpleaños — mirandahooker @ 16:30

Algún día, con más calma, contaré los detalles de por qué soy pésima para las desveladas. El asunto es que, cuando me desvelo, es decir, me duermo después de las 11 pm, amanezco en un estado de renuencia social combinada con bulto aletargado, que detesto.

 

Hasta hace unos meses descubrí la noción “desvelada a gustísimo”. El estado que resulta de haberse dejado llevar por lo que hay: un buen relato, comida, movimientos rítmicos tipo baile o gimnasia de piel, y la certeza posterior de que  lo vivido, es indeleble.

 

Para no ir más lejos, el viernes me desvelé muy a gusto y de un modo sublime, jugando The Beatles Rockband. Alcancé a dormir 3 horas y desperté, por inercia, en calidad de costal humano, a poner mi venta de garage anual, tan atinada para la salud doméstica. Yo no sé cómo acarrée bolsas, saqué la mercancía, atendí a la gente y dí cambio si apenas podía abrir los ojos e hilar dos frases coherentes.

 

Entre cliente y cliente, dormitaba como indita en mi silla, envuelta en un chal. Oí cuando se paró en la puerta un hombre con prisa, preguntando si vendíamos libros. Mi esposo le dijo que sí, que los llevaríamos más tarde. El hombre resumió su circunstancia: vengo en el trolebús. Yo, con la mirada de ojal, pensé que se trataba de un pasajero que aprovechó la parada para sondear mi venta de garage. No, era el conductor del trolebús. 

 

Cabeceando, pensé que también hay otro modo de ponernos socialmente renuentes y cual bulto aletargado, como en la peor desvelada: basando la convivencia en estereotipos. La casilla mental que asignamos al chofer primitivo, que arrolla sin criterio a quien circula por su carril, que es a la vez es el chofer que tuvo quince segundos libres y quiso aprovecharlos para cultivarse. Ejemplos hay, cientos. A mi se me ocurre uno, ese de llamarle sinónimo de aburrición a quien no ingiere bebidas alcohólicas y/o se duerme temprano…

 

Propongo que nos desvelemos. Bajo el influjo de la oscuridad y luego, nos la sigamos de día. Porque al des-velar, se quitan los estorbos, revelando quién está y cómo. Los estereotipos se pueden quedar por un lado, junto con las llaves, la chamarra o las pertenencias para vender. Dejémonos llevar por lo que hay, tatuémonos unos a otros. A gusto. 

 

(Gracias lectores y amigos, por su atenciones en mis treintaytres. Gracias, especiales, a Mario, por su  generosidad, en todos los sentidos).

 

 

Treinta-Y-tres 15 Octubre 2009

Archivado en: cumpleaños, escritura — mirandahooker @ 16:56

En un libro con tapas de oro está inscrito que el escritor le debe pleitesía al lenguaje porque las palabras tienen vida propia y hay que agradecerles que se paseen entre líneas, honrando al texto con su significado.

 

Me quito el sombrero morado ante las palabras que me revolotean cuando escribo. Letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, cuento, color y todos sus campos semánticos. Se posan sobre lo que narro, una y otra vez. Van encontrando su lugar en mí y yo, mi lugar en el mundo, gracias a ellas. Enciendo mi vela en el escritorio para indicarles el camino: es por aquí, tomen asiento. 

 

Reincidente, la palabra “y” se ha colado en la procesión, de un tiempo a la fecha. El libro con tapas de oro diría que ni siquiera se trata de un vocablo sino de una conjunción; por cierto, la más elemental de todas. Los canones indican, con severidad, que mientras mejor sea el escritor, menos la usará, dado que es el equivalente a convocar a una fiesta del lenguaje y dar, de bebida, agua simple. Un desperdicio.

 

Lejos de ser la que afea mi reunión, “y” es mi invitada más querida. Conmigo, se da el lujo de omitir su nombre gramatical, para regalarme el estambre que une lo que digo y lo que pienso con lo que siento y lo que albergo en mi íntima cueva naranja. Me cabe el universo entero, “y” es el pegamento.

 

Si algo tengo que celebrar este día tiene que ver con la inclusión. Han quedado atrás las relaciones condicionadas, de pero, contra, si no. Me toca seguir incluyendo, si el destino me lo permite, amando a mi gente, escribiendo con “y”. Espero que las palabras sigan visitándome y yo continúe recibiéndolas descalza. Les ofreceré, igual que a ustedes, un vaso de agua simple, a veces medio vacío, a veces medio lleno. Le dejo el libro de la fantasía a quien quiera redactar con artificios, a la perfección,  y ser bañado en champaña por cumplir, en la escritura y en la vida, con el oropel de los cánones.

 

 

Favor de no manotear 14 Octubre 2009

Archivado en: aprendizaje, bitácora, comunidad, que vida esta — mirandahooker @ 02:15

 El sábado asistí al partido México-El Salvador. He de aguantar el rubor en mis mejillas y confesar que no fui parte de la vivencia colectiva purificadora con salpicones de cerveza y gritos de pe-u-te-o al portero contrario. De hecho, lo presencié desde el restaurante del estadio, a salvo del sol, rodeada por hijos de papi, atascándome de chicharrón con guacamole.

 

Y en ese lugar, idóneo por su vista estratégica, alcancé a ver cómo, de la nada, algo que parecía una polvareda se convertía en una nube de insectos. Los primeros minutos del partido cesaron porque no era cualquier tipo de insecto: eran abejas.

 

Desde los monitores del restaurant, aprecié el close-up a la portería que, ciertamente, estaba infestada. Luego tuve oportunidad de comprobar mi teoría de que, en México, todo puede resolverse con un gancho o una Coca Cola o un extinguidor. Trajeron el extinguidor, se hizo la nube blanca y el estadio aguardó. No se veía mejoría alguna, es más, las abejas parecían volar con más furia.

 

Atravesando el campo, proveniente de la banca, surgió una mujer con un radio y un gafete, que representaba el arquetipo de mi abuela y todas las directoras de escuela que he conocido. Traía un séquito de seis muchachos con unas cubetas. Claro, la vieja y eficiente técnica del agua con jabón. Sólo que a los muchachos, a juzgar por sus rostros, les parecía una ridiculez impotente lanzarla, a manita, a un enjambre que medía tres metros de alto por cinco de ancho. Optaron por la cuarta resolución universal de cualquier problema: hacerse güeyes.

 

Reinaba, como dicen en la costa, la calma chicha; la tensión previa a la acción. Transcurrieron los minutos, los hijos de papi subieron al Facebook las fotos desde su cómoda e irreal posición y yo seguí comiendo botanas. Las abejas escanearon a los camarógrafos, que aguantaron estoicos el acoso de los zumbidos. Con los decibeles correspondientes al coraje que le dio haber sido ignorada previamente, la mujer se limitó a dar su última instrucción: favor de no manotear. El partido se reanudó.

 

El 4-1 del marcador impidió que la televisión y otros medios narraran el verdadero desenlace de la historia de las abejas, que por suerte, aconteció frente al restaurant. Yo, comprometida con la causa, se las resumo: los bomberos y los agentes de protección civil de la delegación Coyoacán, cargados con tres garrafones de veinte litros, dos tambos de agua y una bolsa de detergente, hicieron la mezcla en las proporciones adecuadas y esperaron. No se veía manguera o instrumento alguno, así que deduzco que la dispersarían con la mano. Tal como había dicho la señora, veinte minutos antes. Favor de no manotear, pero sobre todo, de no esgrimir la ignorancia. Fin.