Predicciones para el clima del año a raíz de la observación empírica*, por esa necesidad de saber qué viene, qué se puede esperar, que se hay de cierto escrito en el horizonte cuando se abre y se cierra un ciclo. Observé mi enero y sus ingredientes y el panorama que ofrecen. Me salió un recuento de gratitud.
De gracias por las deudas y los precio que he tenido que pagar por no tener fé.
Y gracias por la desesperación de creer que la vida y su generosidad se olvidaron de mí.
Y gracias de todas las bendiciones y el apoyo que no supe recibir porque los ví a través de una herida.
Y gracias de los años enteros de vivir convencida de que mis errores son imperdonables.
Y gracias por los calendarios invertidos y el tiempo perdido en demostrar algo, lo que sea.
Y gracias de la convicción absoluta de que la respuesta a mí está en el mundo exterior porque lo mío es insuficiente e inadecuado.
Y gracias de todas las horas mentales de especular sobre la opinión y las razones de los actos de los demás.
Y gracias del enojo y la tristeza que han infectado argumentos y anhelos.
Y gracias de suponer que sé a través de lo que percibo con los sentidos y lo que interpreto con mis referencias.
Y gracias de creer que tengo algo único y especial mientras estoy alerta al daño, a la ofensa y a la contradicción.
Y gracias por todos los dolores que me he inflingido porque mi ruta sea no sentir dolor.
Y gracias de la creencia total de que, a través de complacer lo que se espera de mí y convenciéndome de que lo que yo quiero puede postergarse, podré vivir en paz.
El pronóstico es: equivocación tras equivocación, será un año igual a los siglos anteriores. A menos que comprenda el origen del cielo nublado que se cierne sobre mí. Y deje, al fin, que llueva otros tantos siglos, para que la empiria se comprenda en experiencia y el clima sea de jacaranda y el paisaje, diáfano, esperanzado y lleno de luz, otra vez. A menos que diga y me diga la verdad.


