Perdimos el vuelo. Por más que llegamos tres horas antes, no pudimos contrarrestar la burocracia. El argumento era razones de peso, no metáforas, literalmente de peso: el número de pasajeros está restringido por cuestiones de seguridad, sólo puede llevar cierta cantidad de kilos. No sé si se refería a las maletas o a los pasajeros desbordados en su dieta fallida. Nos mandaron a un hotel y lo bueno, apreciables clientes, es que les daremos un cupón para la cena y el desayuno. Lamentamos los inconvenientes, aquí los esperamos mañana a las 4:45 am. Gracias, el que sigue.
De madrugada, abordamos el avión. Me acordé de mi episodio post Londres, hace dos veranos, cuando volé de regreso, enredada en mis pensamientos, confundida hasta los huesos. Como no sabía dónde acomodarme lo que estaba sintiendo, opté por llorar, a mi manera: sacudiendo los hombros como si me estuviera riendo de un chiste fúnebre, sacudiendo el cabello, arqueando la quijada, arañando lo que tuviera a mano.
En esa misma ocasión, cuando yo estaba hecha un cielo de llanto y mi cuerpo mostraba sus espasmos de dolor, la muchacha sentada junto a mí hizo tres intentos por decirme yo estaba ocupando su lugar pero yo no la dejé terminar porque seguí sollozando como si me hubieran anunciado que mi familia entera había muerto en un barranco. La muchacha, desesperada sobrevolando el Atlántico, pidió a la aeromoza que intercediera por ella. Cómo me habría visto, tan descompuesta, que la sobrecargo titubeó para pedirme que me cambiara de la ventanilla al pasillo y que no comiera el menú ovolactovegetariano que era para la otra pasajera. Ni siquiera insistió. Mudó a la joven a otra fila y me dejó en paz en mi asiento, viendo a la inmensidad. Las lágrimas me brotaron, sin control, por las siguientes ocho horas.
Llevamos dos noches en San Francisco y en ambas hemos ido a cenar a un famoso merendero, con hamburguesas, leche malteada y papas a la francesa. La primera noche nos atendió una mesera, presta y simpaticona. La segunda noche, también. Recordaba a la perfección qué habíamos comido el día anterior, preguntó si yo tomaría la misma sopa de pollo con fideos, nos agradeció que hubiéramos vuelto. Un lujo en esta época de prisas, tráfico y gafetes. La comida nos supo buenísima.
La actitud de servicio pasa a la historia.
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Caray.
El sobrepeso del ovebooking ahora es motivo de seguridad aeroportuaria.
Que morro.
A mí me caen bien las meseras y meseros que se acuerdan de lo que comiste. Lo curioso es que siempre presuponen que vas a ordenar lo mismo…y ante esa presunción, terminamos ordenando lo mismo.
y otra vez…Caray con las aerolíneas, que morro.
Miranda!
Felicitaciones tardías por el libro, (pero sé que no sobran)
y gracias por la invitación.
Pregunta: ¿Es posible que lo consiga en veracruz?
Besos y extrañaba mucho leerte
Esa actitud de servicio y trato cordial es una diferencia importante que hace regresar una y otra vez a esos lugares.
Frecuentemente acudo a comer a un restaurancito que me queda a unas cuadras de mi trabajo. Es tan pequeño que las mesas se comparten entre los comensales. Este detalle ha hecho un sentimiento comunitario. Pero un detalle importante es que, si eres comensal frecuente, te dan tus cubiertos personalizados. Sí, con tu nombre y toda la cosa.
Disfruten de San Pancho.
¡Felicidades! por tu Libro y por tu nueva residencia me hubiera gustado ir a tu presentación ¡Felicidades!
es curioso como un semblante trágico, o triste, o harto, puede provocar un buen servicio… o mejorarlo
la pregunta obligada, con que aerolínea volaste?
Un apreciable “Servicio a clientes”.
Este es el verdadero CRM, es dar un trato personalizado a tus clientes. El error global es que la mayoría lo abordan como un tema de sistemas, la verdad es que cuestión de gente bien entrenada y con una actitud proactiva. En mis seminarios dejaré de tarea que lean tu entrada, es muy ilustrativa.