Ayer alguien vino a limpiar mi casa, como parte el servicio de aseo que contraté. No supe su identidad porque una cláusula tácita del acuerdo es que no hubiera presencia humana que estorbara en la labor, así que me fui a hacer los mandados.
Quien vino aspiró a profundidad, sacudió con detalle, desinfectó profusamente, restregó y luego secó. Dejó la casa albeando, cerró la puerta y se fué. Dejó, también, un regadero de signos de interrogación que se atoraron en el umbral cuando volví, introduje mi llave y quise pasar. Me sorprendieron dos hechos notorios: el eco del trabajo bien hecho y la desatención deliberada a mis indicaciones escritas donde indicaba No Tocar, por favor. Los segundos de indignación creciente se me diluyeron cuando observé otros indicios de otro hecho notorio; el desorden era clarísimo: la persona que hizo ese trabajo impecable no sabía leer. Los signos de interrogación del analfabetismo se le fueron deshilachando del manto de sobrevivir.
Reconozco esos signos de interrogación porque me punzan con frecuencia, cuando me relaciono con personas que hablan esa nueva lengua que comienza con las sílabas i-pad y desde ese alfabeto, escriben potencialidades y perspectivas de futuro, que suenan maravillosas y progresistas.
A mí me sigue quitando el sueño que haya personas que no sepan leer, ya sea porque no conocen la técnica o porque no tienen el hábito. El calibre del desorden de la casa social está llegando a niveles intransitables debido al cochambre de la gratificación inmediata. Es un problema gravísimo de inequidad de oportunidades.
Hay otros signos de interrogación que flotan como motas de polvo. ¿Y si cada dueñ@de un ipad enseñara a leer a la misma cantidad de personas que los dólares que pagó por su artilugio? ¿Y si la canasta básica incluyera un libro? ¿Y si hurgáramos en los cómics, en los grafittis-aullido de manada, en la historia oral de los abuelos, en la tonada del vendedor del metro, para ampliar los títulos que nos proveemos? ¿Y si en vez de ver televisión como manda y vocación nos propusiéramos leer todos los libros del mundo? ¿Y si la tecnología sólo pudiera enchufarse al bien común?
El problema no es la pantalla táctil, la interfase de tocar o no tocar un objeto que da poder, acceder al libro en sí mismo o al producto de una manzana inteligente. El problema es transitar con la desventaja como costumbre intocable. Y, desde ahi, aspirar, sacudir, restregar y aprender -o nunca aprender- a leer.



Preocupante el futuro de esa casa social. Con claros destellos de un posible derrumbe.
Lo preocupante es lo que se lee, o se deja de leer…cuando se dice leer.
Sabes que a mi lo que me está preocupando es que cada día mas personas dejan de leer por decisión propia. Es decir, saben que leen poco o no leen y cada que tienen oportunidad de hacerlo, lo evitan. Se conforman con leer los textos que pueden recibirse en la pantalla de un celular, en la ventana de un programa para chatear o en un videojuego.
Me preocupa pero no solo eso, me entristece… me duele.
Saludos!