Postergué, lo admito. Justifiqué mi resistencia, mi disidencia, mi reticencia y me dí la licencia de no querer. Pero la cercanía del plazo generaba una presión tremenda y tuve que ceder, a regañadientes, y con la presión de que tenía poco tiempo, para colmo. Faltaban cinco días para el evento y oh, no: debía comprarme un atuendo acorde a la ocasión.
No hay nada en este mundo que me caiga peor que comprarme ropa. Invariablente, me enfrento a dos grandes obstáculos apretados. El entorno, primero. Quizás sea adecuado acotar que paso más de 6 horas diarias de silencio total junto a una ventana con sol, escribiendo; de manera que me estresa llegar a un centro comercial revestido con luces artificiales, aire acondicionado y música de gente que, con toda claridad hiperacústica, no se siente a gusto con la vida. Y segundo, el tema de las tallas. Quizás sea adecuado mencionar que el cuerpo humano es, por naturaleza, diverso en altura, peso y complexión, y el cuerpo de las mujeres, por esa misma naturaleza, curvilíneo. Hago mi escala en las tiendas más populares para comprobar cómo, vez tras vez, una persona con rasgos andróginos y apariencia de un espagueti forrado, mira mi 1.76 de estatura y mis huesos grandes y me sugiere que busque en los establecimientos de “tallas extra”. Y yo cumplo con mi ritual de pedirle que llame al gerente para preguntarle si sabe qué está promoviendo su tienda, si comprende la verdadera estrechez de la moda y de la uniformidad y del conformismo. Nunca he recibido una respuesta coordinada en varios colores.
Al fin, sorteo los obstáculos y los locales y después de ocho idas al probador, logro adquirir un vestido que me funciona. Respiro aliviada, ahora sólo me faltan los zapatos. Esos los resuelvo en dos minutos: sólo uso un cierto tipo de tacón, que escasea; de modo que si hay, me los llevo y si no hay, busco en otro lado. A la Operación Zapatilla fuí con mis hijas. Elegí lo mío y me ocupé de ellas. Disfruto profundamente esa mezcla de vínculos, estrógenos y zapatos en anaquel a pesar de que nos suele ocurrir cierta dificultad. Quizás sea oportuno añadir que, a lo largo de la crianza de mis hijas, el uso del lenguaje ha tenido un lugar fundamental; me gusta promover que se expresen y recurran a la vastedad del español. Es complicado que combinen tales recursos mientras ponderan cómo les queda un zapato. Sentada en un banquito, escucho: “Siento una ligera opresión en el lado derecho y en el talón, no sé, es una sensación misteriosa”, “La suela está lisa y me parecen adecuados para patinar”, “Es posible que, con el paso del tiempo, la sensación sea más agradable”. Al quinto gongorismo (que admiro), bufo suplicando precisión, “M’ijita, ¡¿te queda o no te queda el zapato?!” La escena se repite hasta que la respuesta sea afirmativa y entonces habemus atuendo.
Ahora admito que, resuelto el sanquintín postergado, la invitación me emociona. Me toca disfrutar el evento y celebrar a mi padre, que cumple 60 años.



Comprar ropa siempre es un dilema, más cuando eres talla superior como yo.
De hecho no me gusta ir acompañado, me entretengo más. Prefiero ir solo, ver rápido, escoger, probar y salir. Afortunadamente en ropa de hombre no hay tantísima variedad como la hay para mujeres.
Curiosamente, así como soy impaciente para ir de compras de ropa, zapatos, despensa, soy inversamente proporcional de paciente cuando se trata de ver libros, discos, herramientas, electrónicos, películas (dejaré de ser hombre! diría mi esposa) jeje.
Donde concurrimos ambos géneros de mi familia es en los artículos de oficina, ahí si podemos estar horas sin impacientarnos, mirando cada cosa a detalle, sabe… eso sí se nos dá a todos.
Debe ser interesante escuchar a tus nenas hablar así como mencionas, tan propias.
Tema aparte: ey! medimos lo mismo de altura =)
Que lo pasen (o hayan pasado) genial con tu Papá en su cumpleaños.
Saludos
Hace algún tiempo me resigné:
No hay pantalones y camisas que cubran correctamente mi corto tronco y mis largas extremidades y que se encuentren facilmente en las tiendas.
No hay eventos que me entusiasmen lo suficiente como para pasar 2 horas en las tiendas buscando atuendo. Ningún evento.
Así que prefiero lucir mi platica que la ropa, prefiero entretener a los comensales que tosar para la foto.
Hasta ahora la estrategia me ha funcionado con relativo éxito.
Eso es a lo que yo llamo compras de productos, retruécanos y calambures eufemísticamente métaforicos por ofertas de temporada.