De reojo, no alcancé a descifrar qué eran. Hasta después, que hallé la imagen en mis referencias: dos montones de algo. Uno, de unos 6 metros de alto, color verde oscuro y pardo; otro, tres veces más voluminoso, de colores variados, festivos, y lunares blancos. Eran montones de basura.
Pensé que era suficiente con separar los desechos orgánicos de los inorgánicos y seguir las indicaciones de cada envase con su proceso de reciclaje. Pero la basura con los lunares blancos -bolsas de polietileno- se elevaba como edificio y yo quise hacer algo más que sólo separar.
No más plástico, dije. Y entonces me llevé mis bolsas del mandado al supermercado y en el pasillo de Hogar busqué bolsas biodegradables. Pero luego, no más plástico me llevó a cuestionar los aparadores y su asómate para que veas lo que te hace falta. Y entonces me acordé de Facebook y decidí a cerrar mi cuenta. Pero después, no querer más plástico me hizo pensar en dónde viene empacado lo que me alimenta. Y entonces me despedí de la comida chatarra, apagué mi televisión, cancelé mi suscripción al periódico -que, sea cual sea su filiación, termina siempre amarillento- e hice un inventario de a quién sigo, a quién leo, a quién le doy mi atención y para qué lo hago. Pero resulta que no más plástico me puso en un canal radical, de separar “ellos” de “nosotros”. Y entonces admití que hay otro tipo de envases que contaminan, como la intolerancia. Pero más adelante, no más plástico me empezó a dar miedo porque, como es sabido, el plástico flota y resalta y dura mil años. Y yo sentía que me hundía en una corriente frágil, intrascendente. Y entonces, elegí abrazar, largo y a gusto, a mi familia del corazón. Pero aún así no más plástico me recordó que moriría, que mis esfuerzos son pasajeros.
Y entonces seguí adelante con mi decisiones nimias, de cada día. Porque aún cuando haya fuerzas y montones tres, cinco o cientos de veces más grandes que mis acciones locales, yo quiero estar en la montaña donde está el material que se renueva y permite renovar, donde están los ciclos, con su paciencia misteriosa, donde hombres y mujeres honran su composición orgánica: libre, conectada, consciente. Donde está la tierra, Tierra, del tamaño de una casa.
Porque además de separar, quiero discernir.



Yo también me quedo ahí, en la Tierra orgánica, a vivir transmutado una y otra vez. Disuelto y vuelto a componer con otro cuerpo, en otro lugar con otra vida.
Un saludo
No al plástico, es decirle no al petróleo…curioso…es un recurso natural que procede de lo orgánico.
Estoy de acuerdo discenrir es mejor que separar…
Yo he dejado instrucciones puntuales sobre como deseo que mi cuerpo regrese a la naturaleza… será en mi medio preferido: el agua. Vertidas mis cenizas en un lago o el mar pasarán más rapidamente a devolver a la naturaleza un poco de lo mucho que me dió.
Por otro lado, disernir es muchísimo mas aportación de lo que la mayoría de la gente aporta a este mundo y tu lo haces excelente.
Saludos!
Qué gusto haber pasado por esta lectura… sólo puedo decirte que me sacaste una enorme sonrisa: elegir abrazar a tu familia de corazón… sí, eso… así… abrazando, amando a cada uno, siguiendo ciclos, renovando: renovando tu propio ser que es de la misma tierra y, de esa forma, honarndo a nuestra Madre Tierra. En la cima.