Fue una noche a finales de junio. Recibí una llamada: era hora. Mi hermano y mi cuñada me esperaban con una maleta lista, una de tantas de esa semana. Días antes, a Mia, su hija mayor de 2 años, le habían extirpado un tumor en el riñón y el riñón. Veinticuatro horas después del alta del hospital, volverían a ingresar a otro, esta vez para tener a su segunda hija. Llegué a ayudar en las contracciones, con la advertencia de que no fuera a tuitear nada todavía y que me concentrara en registrar la duración de los dolores en una app. Sophie nació en la madrugada y su llegada fue una mariposa; trajo gracia, alegría, luz y esperanza en medio de un tiempo de pesadumbre.
A partir de los 7 días de nacida, cada mañana, durante 2 meses, fui a cuidar a Sophie mientras mi hermano, mi cuñada y Mia iban a la quimioterapia. En esa misma época, mi matrimonio terminó de terminar. Sophie y yo nos sosteníamos en franca mutualidad. Yo a ella, recién nacida, con la cabeza endeble, un hambre de 3 onzas y el ombligo cicatrizando. Ella a mí, aterida, dislocada, con sed de combatir lo que no sabía o no podía o no quería ver. Y cuando ella dormía, yo cabeceaba porque apenas podía con mi alma. Y cuando ella lloraba porque estaba segura que haber sido abandonada en su cuna, yo lloraba de admitir que me sentía igual. Así, entre Sophie y yo se formó un vínculo que nos demandó transparencia valiente y horas de irnos acoplando a la vida. Al terminar el verano, ella echaba el aire con un caché digestivo rotundo y yo volví a California con mis hijas para cerrar todos mis ciclos.
Fue una mañana a finales de diciembre: hoy. Sophie recibió el bautismo y yo la sostuve como su madrina. Ella se incomodó con el agua de la pila y yo con los tacones que desacostumbro. Nos reconocimos, pues al cabo de los meses de no vernos, ella traía algunas nuevas funciones incorporadas como rotación sobre su propio eje, babeo intermitente, demanda de movimiento perpetuo y consumo de papillas. Yo le compartí mis avances hacia mí, hacia el Sur, y que me propuse ser una disfrutadora. Mia corrió sana, fortísima, y mi hermano y mi cuñada fueron los anfitriones de una fiesta llena de gratitud. Y de mariposas.
El 2012 fue un año inolvidable, todos tenemos algún motivo para afirmarlo. De nuestra familia para la suya: que esta navidad deje un recuerdo positivo, un brote de plenitud -de esa que todavía no es pero que será- Y que irnos acoplando a la vida, después finalizar el año o de (re)nacer, traiga coincidencias y vínculos sorprendentes. Regalados, con moño de colores, depositados en la puerta del corazón.
24 diciembre, 2012 en 05:22
Felicidades Madrina, felicidades a la ahijada también que seguro nunca va a estar sola con la madrina que le asignaron.
Preciosa experiencia.
Te quiero mucho amiga y prometo reparar pronto mi ausencia.
Un abrazo enorme y muy feliz navidad.
24 diciembre, 2012 en 06:31
Precioso como siempre este desnudo de tus sentimientos , de todo corazón que el año que comienza , aunque a algunos asuste su numero sea pleno , vital , mágico y con millones de mariposas a cada minuto …. un abrazo feliz navidad
24 diciembre, 2012 en 10:52
Querida Hada Madrina,
espero que disfrutes mucho de estas navidades, de tu ahijada, de tu nuevo rumbo….
sigue redecorando tu vida, que te está quedando preciosa…..
y a ver si 2013 te regala un viajecito a Madrid.
Feliz Navidad
25 diciembre, 2012 en 16:45
Puedo ver los aleteos de las mariposas rondar a tan hermosa flor.
Que tu vida se siga llenando de grandes y sorprendentes momentos, que la familia te reconforte cuando un pètalo caiga y que las niñas propias o casi propias te hagan sonreir siempre.
Amo leerte y guardo en mi corazòn tus letras con mucho cariño y respeto. Felices fiestas para la hermosa familia que tienes.
29 enero, 2013 en 19:24
Un recuerdo positivo, definitivamente: después de muchos años conviví con mi hermano sin alejamientos o disgustos. Después de muchos años volví a ver a los dos niños que jugaban sin importar los problemas de sus padres.